Leí el diario de un extraño (2003)

Félix

Mª Encarnación Jaca Uriarte

A mis sobrinos Gorka, Aitor, Sergi, Iker, Xavier,
Candela, Guillermo, David y a mi amiga Sara

Algunas mañanas, desde el balcón, solía ver a Félix atravesar el callejón de arena negra y piedras. No le conocía de otros veranos y Mikel me contó que era nuevo en el barrio. Félix y su familia habían llegado a primeros de enero, poco después de las vacaciones de Navidad. Vivían en el bloque que daba justo enfrente al de los tíos, dos pisos más arriba, y al que sólo se podía acceder atravesando el callejón.
Me extrañaba que Félix no bajara nunca a jugar a la calle con todos nosotros, y cada vez que le preguntaba a Mikel éste me decía que no sabía, que era una familia muy rara.
Antes de salir por el callejón Félix asomaba la cabeza, miraba a un lado y a otro de la calle, y luego la cruzaba a paso muy ligero. El flequillo negro y liso le ocultaba gran parte de la cara. A veces inclinaba la cabeza de tal forma que me parecía que a través del flequillo miraba hacía el balcón donde yo estaba. En la mano Félix solía llevar una bolsa de rayas rojas y verdes, de esas de nylon con asas de acero, como la que la tía compró en el economato para bajar a por el pan y la leche. Félix tomaba el camino viejo de las huertas. Le veía alejarse por él, quizá hacia la tienda de Edurne.
Un día entré en la tienda de Edurne para comprar el pan y la leche que me había encargado la tía y coincidí con Félix. No pude verle bien la cara porque miraba todo el rato hacia el suelo. Sin levantar la cabeza Félix le dio un papel a Edurne. Ella lo leyó en silencio y se puso a meter cosas en la bolsa que Félix había dejado encima del mostrador: leche, tomates, lechugas… “Ya está todo”, dijo Edurne. Félix no dijo nada, sólo asintió con la cabeza. No pagó y salió de la tienda por la puerta de la parte de atrás.
Fue un viernes por la noche. Habíamos visto El increíble Hulk en la televisión y los tíos nos dejaron tener la luz encendida para leer mientras ellos se quedaban viendo el telediario. Yo leía sentada en la cama el último extra de Mortadelo y Filemón. Mikel leía El capitán Trueno tumbado en la suya. Habíamos dejado la ventana abierta sólo un poco para que no entraran mosquitos. Yo estaba tan concentrada con Anacleto, Agente Secreto que no oí nada, hasta que vi a Mikel incorporarse de un salto y que se ponía a mirar por el cristal de la ventana. “¿Qué pasa?”, dije. “Ven, corre”, dijo. Solté el tebeo y me levanté de la cama para mirar junto a él.
A la entrada del callejón un hombre con camisa blanca de manga larga se levantaba con dificultad del suelo. Justo al lado de la farola. Murmuraba algo y, aunque nos asomamos por la ranura de la ventana, yo no lograba entender lo que decía. Cuando consiguió ponerse de pie tenía la camisa sucia de arena negra. “Es el padre de Félix”, dijo Mikel.
El hombre se tambaleaba como una peonza y parecía que en cualquier momento se iba a caer. Con dificultad consiguió apoyarse en la farola que alumbraba la boca del callejón. Intentaba entrar en él, pero cada vez que daba un paso hacia delante se iba varios hacia atrás. Mikel se rió, “¡Está como una cuba!”, dijo. Yo levanté los ojos hacia la casa de Félix. Aunque tenían todas las persianas levantadas las ventanas estaban a oscuras. De pronto aquel hombre dio un grito. Yo pegué un respingo y me agarré al brazo de Mikel. Con fuerte impulso el hombre empezó a andar rápido, inclinado hacia delante, y su camisa blanca se perdió dentro del callejón.
La calle se quedó en silencio. Alrededor de la luz de la farola dos murciélagos revoloteaban alborotados. Mikel se metió en la cama y, sin decir nada, cogió el tebeo de El capitán Trueno y siguió leyendo. Volví a mirar hacia la casa de Félix. Continuaba a oscuras. Me sentí asustada y le dije a Mikel que quería dormir. Él remoloneó un rato pero enseguida apagó la luz.
El domingo por la mañana, mientras la tía me planchaba el vestido blanco para ir a misa, yo limpiaba los zapatos de charol negro con leche sentada en el taburete del balcón. A través de la barandilla vi salir del callejón a Félix acompañado por su madre. Félix movió la cabeza y creí que miraba hacia el balcón. Yo sin levantar la cabeza les seguí observando. La madre vestía de gris oscuro con un pañuelo estampado también en tonos grises que le cubría la cabeza y parte de la cara. Los dos caminaban deprisa y cabizbajos. En la mano la madre llevaba la bolsa de nylon de rayas rojas y verdes que yo había visto otras veces llevar a Félix. La bolsa parecía estar llena y entre las asas asomaba enrollada una toalla azul marino. Cogieron el camino viejo de las huertas. Me asomé entre los geranios y vi que torcieron a la derecha, como hacia la estación de tren. Seguro que iban a pasar el día al río de Areta o a la playa de Bakio.
Aquel domingo, después de cenar, Mikel y yo nos fuimos a leer a la cama sin ver la televisión. El tío tenía que madrugar porque le tocaba trabajar en el turno de mañana. Mikel se puso a leer el nuevo de El capitán Trueno que el tío le había comprado por la mañana al salir de misa. Yo seguía con el extra de Mortadelo y Filemón. Iba por la Rue del Percebe 13 cuando en la calle se oyó un ruido muy fuerte, seguido de otro. Parecían cristales que se estrellaban contra el suelo. Casi a la vez Mikel y yo nos asomamos por la ranura de la ventana.
En el asfalto había tirada una lámpara, una silla y un retrato grande de boda con el cristal roto, como el que los tíos tenían colgado en la pared de su dormitorio. Algunas prendas de ropa caían volando a la calle. Miré hacia arriba. La ropa salía por una de las ventanas de casa de Félix, la única de la casa que tenía la luz encendida. Se oían gritos. En la calle medias, bragas y sujetadores iban quedando desparramados entre la lámpara, la silla y el retrato de boda con el cristal roto. Tuve miedo y apagué la luz de la mesilla pero los dos seguimos pegados a la ventana.
Las ventanas que tenían luz en el edificio de enfrente se fueron apagando. La única que quedó encendida fue la de casa de Félix.
Cuando los objetos dejaron de caer, la luz de la ventana de casa de Félix se apagó. Entonces todo el edificio se quedó a oscuras. Se hizo un silencio enorme. “Esta vez la ha montado gorda”, dijo Mikel mientras volvía a la cama. Yo me quedé un rato asomada, sentía miedo, miedo y vergüenza a la vez al ver todas aquellas cosas desparramadas en la calle. Miré hacia la farola, los murciélagos no estaban. Eché una última mirada hacia la casa de Félix y algo nerviosa me metí en la cama.
No podía dormir. Pensaba en Félix y en qué estaría haciendo en ese instante. Lo imaginaba tembloroso escondido debajo de la cama o quizás metido en el armario. No podía dejar de pensar en él cuando oí unos crujidos que provenían de la calle. “Mikel”, dije, “¿has oído?” Mikel no contestó. Despacio me levanté de la cama y sin encender la luz miré por la ventana.
Félix y su madre andaban sigilosos en la calle. Reconocí la bolsa de rayas rojas y verdes que había sobre el asfalto. El retrato de boda sobresalía de su interior. La madre recogía deprisa las medias, las bragas y los sujetados del suelo y los iba echando a la bolsa. Félix sujetaba la silla y la lámpara rotas. Parecía inquieto, mirando a un lado y a otro de la calle. Ayudada por un cepillo la madre barrió hasta el último de los cristales y los vertió en una bolsa de plástico blanca. Cuando hubo terminado metió todo en la bolsa de rayas rojas y verdes y la cogió por las asas con las dos manos. Félix seguía mirando a un lado y a otro de la calle, hasta que de pronto levantó la cabeza hacia la ventana en donde yo estaba. Me agaché enseguida. No sabía si me había visto. Me quedé pegada a la pared por debajo de la ventana. Las piernas y las manos me temblaban. No me atrevía a moverme. Intentaba escuchar pero no oía nada. Levanté la cabeza sin llegar a asomarme. Oí pasos. Esperé un poco. Respiré hondo y me incorporé lentamente.
Conseguí ver la calle, pero estaba desierta. Me asomé más y miré hacia el callejón. No se veía a nadie. Levanté la vista hacia la casa de Félix y ésta permanecía a oscuras. Todo el edificio seguía a oscuras. Sólo la farola situada a la entrada del callejón iluminaba la calle y dos murciélagos revoloteaban alrededor de ella.

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