Leí el diario de un extraño (2003)

De la imposibilidad de ser Proust

Emilia Lanzas Cobacho

Espero sentada en la tierra junto a los pinos, en la dehesa de siempre, donde nos conocimos. Pronto aparecerá con la caída de la tarde; pero hoy será diferente a los otros días, hoy Marcel también me verá a mí. Por eso quiero estar tranquila y que no me perturbe nada; ni tan siquiera el peso frío de la pistola en mi bolsillo.
Lo recuerdo la última noche, en el restaurante Bois. Eligió el vino más caro, pero yo preferí cerveza. Eso era algo que no podía soportar: Lo que él llamaba mi insistente vulgaridad (o ese “garbanceo español”). Al menos esta noche... dijo. Sonreí, y él miró hacía otro lado. Entonces comenzó la despedida, como si ya tuviese una buena disculpa. Antes de irnos, cogí el tapón de la botella. Un tapón sinuoso como el deseo, rojo como la amanita.
La tierra está blanda. Pienso que Marcel es ahora lo que mi dolor recrea. Nunca le quise tanto como cuando supe que nunca más le tendría. Y, por eso, cuando llegaron los momentos de desgarro —ese sentir profundo que aúna pérdidas y equivocaciones... en un padecer sin dignidad— Marcel continuaba allí, con su mirada esquiva, en la mesa del restaurante Bois. Entonces comprendí que tenemos que pagar, tarde o temprano, por el placer; ninguna felicidad es gratuita.
Saco el tapón del bolsillo —mis dedos han rozado ligeramente la pistola—, y al mirarlo me llega el olor de una sombra añeja. Aprieto el corcho entre mis manos. Compruebo que aún conserva el calor agridulce, y lo lanzo a lo lejos con el rencor de la tristeza. Lo veo rodar y mancharse de tierra, entremezclarse con las piñas caídas, también vulgar y desolado, con la misma inconsistencia del amor...
Decido irme —la pistola en mi bolsillo se ha convertido en un objeto ridículo e irreal—. Atardece. Observo el perfil enrojecido de los troncos y cómo las copas alzan su soberbia encerrando el cielo. Entonces me doy cuenta de que ya sólo me queda una esperanza, una esperanza mucho más desgarradora que el miedo: no olvidarle nunca.

Hogar

¡Qué dices? ¡Yo mendigo? Soy un hombre libre. Un ácrata, como si dijéramos. Oye, tú, la tía, menuda grulla. Y ahora vienen los municipales. Que molesta mi casa, que obstruyo la acera, vale, jefe. Os creéis muy listos porque lleváis pistola, pero yo lo soy más; tengo la ayuda del arcángel San Gabriel, que tiene cuernos. A sus órdenes, señor pitufo. Después haré lo que me venga en gana. Soy libre, pero honrado. Ahora me pongo a la tarea. Ya he liquidado tres de vino y tengo fuerzas. Hola, grullita, ¿has vuelto a salir de tu peluquería? Que ocupo la acera con mi basura y que te espanto a las clientas... Tú sí que asustas con ese cuello y esa cara acelga. Venga, a las barricadas. A recoger envases. Como decía mi padre: hombre sin oficio, no tiene beneficio. En los contenedores hay suficientes para levantar las tres paredes, que para la cuarta ya está la de verdad, mismamente. Me hacen la mitad del trabajo apartándolos en el amarillo, ya ves. Gloria a los elegidos. De cinco en cinco, piano, oye, tú, así paseo y veo mundo. Tengo todo el día, mismamente. También hay que tener arte y paciencia para colocarlos. Formando ladrillos, como debe ser una buena casa, superpuestos, como si dijéramos. Y, venga, la mezcla de harina y agua: no hay mejor cemento, aunque tenga que gastar unos cuantos kilos. Menos mal que todavía hay gente de bien, que da limosnas. Primero a colocar la pared frontal, que es la que más resguarda, mismamente. Después el lado derecho. Y para terminar, la pared de la izquierda. Antes de que anochezca ya tengo lista mi casita. Hasta el día siguiente, que la grulla avisa a los municipales y éstos, como si dijéramos, proceden a demoler la vivienda... Así que venga, a la tarea. ¡Una sirena! Vienen otra vez... ¡Ah, no! pero si es el Samur. Se para delante de la peluquería. Vaya, el engrudo me ha salido un poco espeso, me he pasado de harina. Mejor, así aguanta el viento que sopla que da gusto y, además, da ese olor a cal, como cuando era niño. Oye, tú, es una tarea, pero compensa. Como decía mi padre: no hay nada como un buen hogar. No me gusta el albergue, no es sitio para los libres. Para comer sí, que te dan de menú y todo; pero no para vivir. Menudos venaos van allí. Pedigüeños y borrachos, mismamente. No, donde esté mi casita... Aquí se palpan las madrugadas: un verso. Ya ves, de vez en cuando se me ocurren. Oye, tú, pues no se llevan a la grulla en camilla... ¡Si está pálida y todo! Bueno, yo sigo con lo mío, a colocar los envases. ¿Cuántos tengo ya? Me parece que no van a ser suficientes, voy a tener que acercarme al vertedero o, mejor, a la tienda; así compro tres más de vino que hoy la noche viene cruda, y saludo al chino ese, tan sonriente aunque no se entere. Lo malo es que se va a secar la mezcla; tendré que comprar harina, ya ves, me lo quitaré de mosto, aunque pierda inspiración, como si dijéramos. Lo primero es lo primero. Andando que la noche viene dando. Pero, oye, tú, ahora que caigo, si no está la tía, nadie llamará mañana a los municipales. Podré estar todo el día tranquilito en mi hogar, como un rey, mismamente. Pero, ¿todo el día?, ¿si no vienen...? ¡Arcángel San Gabriel! Si no vienen, no me tiran la casa, y si no me la tiran... Como decía mi padre: el ocio es la madre de todos los vicios. Ya ves... Si no vienen, oye, tú, ¿qué voy a hacer mañana? Con las horas estirándose como penas. Me quedaré aquí, mano sobre mano, pidiendo, tal cual un don nadie, como si dijéramos.

Expiación

Cuando observaba en clase sus cabezas inclinadas sobre el catecismo, ellos parecían percibir mi llamada, y levantaban sus ojos, y sus divinos reflejos me sonreían. Mis niños me querían, y esperaban que me acercase. No sé qué maldad ven en ello. Sus cuerpos sin mancha se ofrecían porque sabían que era parte de nuestra comunión, y que Dios en el cielo no se ofende por eso, muy al contrario, se regocija. Ya lo dijo Jesús: “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Sí, porque ellos son los ángeles que nos llevarán al Paraíso.
Eso lo sé, y cuando los tenía cerca, y sentía su calor, todo en mí era gozo, y los amaba como parte de mi vocación y de mi deber. Y ellos me correspondían, porque yo les enseñé qué gran cosa es estar en obediencia, vivir debajo de un superior y no tener voluntad propia.
Por eso no puedo comprender la decisión del Obispado. Que los impíos no entiendan mi proceder, lo acepto; pero los mismos siervos del Señor...
Me han separado de ellos. Y aquí, en mi celda, lejos de mis niños, mortifico mi cuerpo pensando en sus cuerpos desamparados. Sintiendo aún su calor, sus blancas carnes de ángeles. Ellos me querían, y ahora sus padres les han convencido para que digan cosas impuras y crueles de mí. Mis amores, mis niños...
Cuando todo lo que hice fue a mayor gloria de Dios.

Solos (haiku)

Negué tajante.
Y me siguió su pena
hasta mi cama.

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