Leí el diario de un extraño (2003)

Los modernos

Gabriela Llanos

No podíamos ni imaginar que se atrevería a venir con ella alguna noche. La amenaza existía, latente, siempre al final de las reuniones de los viernes, que ocurrían cada viernes, cuando ya en la puerta, nosotras con prisa, ellos borrachos, nos despedíamos hasta la próxima cena. Carlos insistía, provocador, restregándonos la certeza de que tarde o temprano acabaríamos conociendo a Sofía. “Hay que ser modernos. Es una chica estupenda. Muy inteligente”. Sus cualidades nos importaban un pepino. Apagábamos la luz del fin de semana pensando en la “chica”, con desesperadas ganas de empezar a ser modernos, ellos, y de decretar un irremediable “toque de queda” de viernes, nosotras. Y así fue, respiramos, nosotras, hasta el viernes en el que finalmente nos modernizamos.
Carlos se presentó deliberadamente tarde. Decidimos, nosotras, dejar de esperarle para no estropear el arroz de Begoña, aderezado con la idea de que al fin nuestro viejo amigo había entrado en razón al evitarnos el esfuerzo de conocer a su nueva novia. Pero apareció, reafirmándose en su look de divorciado de estreno: pantalones color naranja que le inflaban los gemelos, ausencia de barba y bigote, y más cabello del que recordábamos cuando entraba de la mano de la hasta ahora nunca bien ponderada Elena. No nos detuvimos mucho tiempo en Carlos. Traspasamos su grueso cuerpo y a rayos X nos centramos en la “chica” que, insultantemente delgada y envuelta en unos de esos trajes que veíamos reducidos en las revistas, nos estiraba la mano con una sonrisa de sicario.
Nos dirigimos a la mesa. Nos sentamos. Nosotras en una esquina, ellos de frente, “la chica” en el centro. Si bien era indignante, para nosotras, la sonrisa de triunfo de Carlos, se hacía completamente indigesta la cara de ellos, derrochando ilusiones. Y es que si el soso de nuestro viejo amigo pudo colgarse a la liana que lo llevó de Elena a Sofía, ¿por qué no podría ocurrirle lo mismo a ellos, que no eran ni más ni menos sosos que el afortunado? ¿Por qué no podrían existir más de esas “chicas” dispuestas a modernizar de naranja a tantos antiguos grises?
La cena empezaba mal, el fracaso podía advertirse hasta en el arroz de Begoña. El silencio nos llenaba el estómago, a nosotras, porque ellos, antes devoradores de todo lo que les pasaba por delante, comían delicadamente confundiendo la sal con la pimienta y metiendo barriga hasta quedar azules y empezar a sudar frío. Llegó el momento de atacar: nuestro frente, harto de pasar hambre, se alió contra el enemigo. Decidimos hablar de aquellos temas en los que a una “chica” no se le supone ninguna experticia. El resultado fue pésimo. Sofía sabía de política, se encolerizaba hablando de fútbol, resultaba asquerosamente antipática explicando las últimas técnicas de relajación oriental, controlaba a la perfección los movimientos de la bolsa, y hablaba del índice Dow Jones como de su primo hermano, dejándonos a punto de infarto, a nosotras; terminalmente embobados, a ellos.
Aún así había que salvar la situación. Con un guiño de ojo, nosotras, optamos recorrer un terreno en el que irremediablemente la “chica” acabaría tambaleándose: tupper ware, alimentos congelados, conservación del pescado en la nevera. Pero al igual que los corredores, suponemos nosotras, cuando llegan a la meta se desinflan, Sofía volvió a dejarnos fuera de juego. Fue cruel la atención que nos prestó cuando hablamos de las ventajas de congelar en bolsas de plástico, francamente inmoral que nos pidiera la receta de la lasaña en diez minutos de microondas autoría de Elena, y una completa depredadora al insistir en que Begoña hiciera una demostración con el electrodoméstico que corta, pela, rebana y fríe las patatas de una sola vez.
La noche transcurrió. Atontados ellos, resignadas nosotras, escuchamos atentamente las aventuras de nuestro viejo amigo y su nueva novia en sus primeras vacaciones juntos. Que nuestro Carlos haya bailado hasta la seis de la mañana en una discoteca rodeado de adolescentes, que se haya atrevido a bucear, hacer surf, y hasta llegar a la final en el concurso de karaoke ya no nos extrañaba en lo más mínimo. Sentíamos que cualquiera, incluso nosotras, podría lanzarse a lo Indiana Jones por la vida de la mano de la fantástica Sofia. Ya entregados, ellos y nosotras, nos metimos en los coches convencidos de que nuestro viejo amigo Carlos se había salvado de la bruja aburrida de Elena, hasta encontrar la luz con aquella endiabladamente magnífica “chica”.

Pero un viernes Carlos llegó insignificantemente pronto y destacablemente solo a la casa de Begoña. Todos, ellos y nosotras, preguntamos en coro por Sofía. Nos contó que la “chica” se había enamorado de su jefe, otro gris al que andaba modernizando por las Islas Mauricio desde hacía cinco días. Un minuto de confusión y la cena del viernes recuperó la normalidad, la de siempre, la nuestra. Recordamos las vacaciones comunitarias en la playa, el primer coche, la primera hipoteca. Surgieron anécdotas de partos, bautizos y comuniones. Devorábamos otra vez, ellos borrachos, nosotras diligentes, la lasaña receta de Elena. En fin, disfrutamos de otro viernes sin intrusismos de vidas mejores. Y es que, en definitiva, nuestro viejo amigo Carlos, ellos y nosotras, aceptamos con convencimiento que nuestra felicidad no admite muchos colores.

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