No podíamos
ni imaginar que se atrevería a venir con ella alguna noche. La
amenaza existía, latente, siempre al final de las reuniones de
los viernes, que ocurrían cada viernes, cuando ya en la puerta,
nosotras con prisa, ellos borrachos, nos despedíamos hasta la
próxima cena. Carlos insistía, provocador, restregándonos
la certeza de que tarde o temprano acabaríamos conociendo a Sofía.
Hay que ser modernos. Es una chica estupenda. Muy inteligente.
Sus cualidades nos importaban un pepino. Apagábamos la luz del
fin de semana pensando en la chica, con desesperadas ganas
de empezar a ser modernos, ellos, y de decretar un irremediable toque
de queda de viernes, nosotras. Y así fue, respiramos, nosotras,
hasta el viernes en el que finalmente nos modernizamos.
Carlos se presentó deliberadamente tarde. Decidimos, nosotras,
dejar de esperarle para no estropear el arroz de Begoña, aderezado
con la idea de que al fin nuestro viejo amigo había entrado en
razón al evitarnos el esfuerzo de conocer a su nueva novia. Pero
apareció, reafirmándose en su look de divorciado de estreno:
pantalones color naranja que le inflaban los gemelos, ausencia de barba
y bigote, y más cabello del que recordábamos cuando entraba
de la mano de la hasta ahora nunca bien ponderada Elena. No nos detuvimos
mucho tiempo en Carlos. Traspasamos su grueso cuerpo y a rayos X nos
centramos en la chica que, insultantemente delgada y envuelta
en unos de esos trajes que veíamos reducidos en las revistas,
nos estiraba la mano con una sonrisa de sicario.
Nos dirigimos a la mesa. Nos sentamos. Nosotras en una esquina, ellos
de frente, la chica en el centro. Si bien era indignante,
para nosotras, la sonrisa de triunfo de Carlos, se hacía completamente
indigesta la cara de ellos, derrochando ilusiones. Y es que si el soso
de nuestro viejo amigo pudo colgarse a la liana que lo llevó
de Elena a Sofía, ¿por qué no podría ocurrirle
lo mismo a ellos, que no eran ni más ni menos sosos que el afortunado?
¿Por qué no podrían existir más de esas
chicas dispuestas a modernizar de naranja a tantos antiguos
grises?
La cena empezaba mal, el fracaso podía advertirse hasta en el
arroz de Begoña. El silencio nos llenaba el estómago,
a nosotras, porque ellos, antes devoradores de todo lo que les pasaba
por delante, comían delicadamente confundiendo la sal con la
pimienta y metiendo barriga hasta quedar azules y empezar a sudar frío.
Llegó el momento de atacar: nuestro frente, harto de pasar hambre,
se alió contra el enemigo. Decidimos hablar de aquellos temas
en los que a una chica no se le supone ninguna experticia.
El resultado fue pésimo. Sofía sabía de política,
se encolerizaba hablando de fútbol, resultaba asquerosamente
antipática explicando las últimas técnicas de relajación
oriental, controlaba a la perfección los movimientos de la bolsa,
y hablaba del índice Dow Jones como de su primo hermano, dejándonos
a punto de infarto, a nosotras; terminalmente embobados, a ellos.
Aún así había que salvar la situación. Con
un guiño de ojo, nosotras, optamos recorrer un terreno en el
que irremediablemente la chica acabaría tambaleándose:
tupper ware, alimentos congelados, conservación del pescado en
la nevera. Pero al igual que los corredores, suponemos nosotras, cuando
llegan a la meta se desinflan, Sofía volvió a dejarnos
fuera de juego. Fue cruel la atención que nos prestó cuando
hablamos de las ventajas de congelar en bolsas de plástico, francamente
inmoral que nos pidiera la receta de la lasaña en diez minutos
de microondas autoría de Elena, y una completa depredadora al
insistir en que Begoña hiciera una demostración con el
electrodoméstico que corta, pela, rebana y fríe las patatas
de una sola vez.
La noche transcurrió. Atontados ellos, resignadas nosotras, escuchamos
atentamente las aventuras de nuestro viejo amigo y su nueva novia en
sus primeras vacaciones juntos. Que nuestro Carlos haya bailado hasta
la seis de la mañana en una discoteca rodeado de adolescentes,
que se haya atrevido a bucear, hacer surf, y hasta llegar a la final
en el concurso de karaoke ya no nos extrañaba en lo más
mínimo. Sentíamos que cualquiera, incluso nosotras, podría
lanzarse a lo Indiana Jones por la vida de la mano de la fantástica
Sofia. Ya entregados, ellos y nosotras, nos metimos en los coches convencidos
de que nuestro viejo amigo Carlos se había salvado de la bruja
aburrida de Elena, hasta encontrar la luz con aquella endiabladamente
magnífica chica.
Pero un viernes
Carlos llegó insignificantemente pronto y destacablemente solo
a la casa de Begoña. Todos, ellos y nosotras, preguntamos en
coro por Sofía. Nos contó que la chica se
había enamorado de su jefe, otro gris al que andaba modernizando
por las Islas Mauricio desde hacía cinco días. Un minuto
de confusión y la cena del viernes recuperó la normalidad,
la de siempre, la nuestra. Recordamos las vacaciones comunitarias en
la playa, el primer coche, la primera hipoteca. Surgieron anécdotas
de partos, bautizos y comuniones. Devorábamos otra vez, ellos
borrachos, nosotras diligentes, la lasaña receta de Elena. En
fin, disfrutamos de otro viernes sin intrusismos de vidas mejores. Y
es que, en definitiva, nuestro viejo amigo Carlos, ellos y nosotras,
aceptamos con convencimiento que nuestra felicidad no admite muchos
colores.