Leí el diario de un extraño (2003)

¿Y si fuera él?

Narda López Arana

A mi padre Antonio y a mi Rayo de Luz, por apoyarme y corregirme

Por qué lo estoy mirando, no entiendo por qué lo estoy mirando. No quiero estar con nadie, no ahora. Pero es que es tan guapo, mira nada más esa sonrisa, es tan sexy que me lo comería a besos ahora mismo, aquí, en frente de todos. No debí de haber venido, estas cenas de trabajo me aburren. Mira a Susi, parece un ogro cuando pasa por los pasillos de las oficinas. Quiere darse a respetar y mira nada más lo borracha que está ya. Mañana estará en boca de todos los que hoy le sonríen. Y qué me dices de Roberto, siempre tan trajeado, enseñando la foto de su familia que lleva en la cartera, presumiendo de ser buen marido y padre. Ojalá estuviera aquí su esposa para ver cómo ligotea con la nueva secretaria. ¡Qué horror! Pero bueno, tan sólo por pasar unas horas más al lado de este bombón vale la pena estar aquí. Si tan sólo lograra sentarme más cerca de él. ¿Son mis nervios o parece que también se está aburriendo? Seguro que son mis nervios. Aunque podría acercarme y preguntárselo. No, qué tontería. ¿Me está mirando? Ay, sí, me mira, ¡me está mirando! Disimula, disimula. Voy a hablar por teléfono, eso es. El móvil, ¿dónde dejé el móvil? Se está levantando. ¿Se va? No, por favor, que no se vaya. Vale, vale, va al baño, sólo va al baño. No debí de haber venido. Mira que creer que se puede fijar en mí. Tal vez se dio cuenta de que no le quitaba ojo de encima. Qué vergüenza. Sólo a mí se me ocurre, pero no lo puedo evitar. ¿Qué pasa con Laura, no se piensa callar? Ojalá entendiera que sus conversaciones no son interesantes. Pero claro, cómo no escuchar a la subdirectora de la empresa. Si supiera que nadie la soporta. ¿Por qué no regresa del baño? Ya se tardó mucho como para sólo haber ido al baño. ¿Y si voy yo también? No, sería muy arriesgado. Me lo encuentro y ¿qué le digo? Hola, sólo quiero decirte que me encantas. Sería ridículo. Me debería de ir a casa. Eso haré. Seguro que está felizmente casado y tiene tres lindos hijos. Bueno, mejor espero a que regrese. ¿Por qué se tarda tanto? Ya viene, sí, es él, ya viene. ¿Qué hace? ¿Viene hacia aquí, hacía este lado de la mesa? No, no, Mister Perfecto, tu sitio es al fondo, al otro extremo de la mesa. ¡Viene hacia mí! Un papel. ¡Me está dando un papel! Debe de ser la cuenta, por eso se tardó tanto, fue a pedir la cuenta. No es la cuenta, no. Es su letra, claro que es su letra. Si supiera que leo cada nota que pasa a su secretaria. ¡No me lo puedo creer! Me pondré las gafas. “Hola, Andrés, me llamo Raúl, y sólo quiero decirte que me encantas.”

Mi tarjeta de crédito

A Shadi, por abrirme los ojos y guiarme hasta aquí.
Me queda tanto que aprender de ti...

Ya me había hecho el propósito de no volver a tentar a mi corazón ni al de otra persona. Estoy solo y solo estoy bien pero es verdad que a veces el sentimiento traiciona. Llevo una carga de amor muy fuerte, muy grande, muy profunda dentro de mí, ahí guardada, como si fuera una prenda de esas que gustan mucho pero que no se quiere usar para que no se gaste. Como si fuera el perfume favorito que se guarda para “esa ocasión especial”. Como si fuera el último pedazo de respiro que guardara el alma y que lo oprime y que lo sufre; porque se sufre al no amar y mucho más cuando se quiere amar y no se encuentra a quien. Es ahí cuando el amor empieza a acumularse y es con el paso de los años en soledad cuando empieza a convertirse en una carga y se llega al punto del que estoy hablando: existe tal cúmulo de sentimiento que se cometen errores, con esta o con aquella persona, con este o con aquel corazón. Entonces parece contradictorio haber hecho ese propósito teniendo tanta sed de amar, de entregar el cuerpo, el alma, el mismo ser. Pero no lo es, porque lo que se quiere es entregar a quien te entrega, amar a quien te ama, ser con quien quiere ser contigo. De aquellas a las que sólo les gusta recibir ya he conocido muchas y ha llegado el momento de encontrar a alguien diferente y así dejar de luchar contra los celos, las posesiones, las obsesiones, la traición maldita que te carcome la piel por dentro cada vez que la recuerdas, la soledad que es peor cuando compartes la cama con alguien, pero ese alguien está ausente.
Me había hecho ese propósito pero ya sabemos como es la vida, hoy estás aquí y mañana, por cosas del destino, estás donde nunca creíste estar. Ayer estaba ahí tan tranquilo en mi casa, disfrutando de esas horas de soledad que en realidad ya no eran tan de soledad, porque con el tiempo hasta a estar solo se acostumbra uno. Y hay que admitir que por momentos hasta se disfruta de ese espacio que ya no compartes con nadie. Digo por momentos porque existe un fenómeno universal que se hace llamar Recuerdo, que viene a fastidiar los otros momentos, esos que no disfrutas tanto porque el Recuerdo se encarga de introducir en tu memoria una Visa Oro que paga para que veas una película de amor, de esas sentimentales y románticas que llenan de miel la pantalla pero con un pequeñísimo detalle, el protagonista eres tú y como personaje secundario cierta persona de la que tratas de olvidar su nombre. La película se titula Pasado y no te da opción a poner pausa o a detenerla por completo para no verla. No señor. El Recuerdo se las arregla para que de una forma u otra tengas una dosis diaria de tu propio chocolate, aunque ya no te guste el chocolate. Así que ayer estaba disfrutando de aquellos momentos de soledad y hoy sin comprender todavía la razón estoy en una cafetería a la que no sé muy bien cómo llegué, compartiendo mesa con una desconocida, que tampoco sé muy bien cómo conocí. El Recuerdo es muy traicionero. Mientras hablo con ella la Visa sigue pagando por aquella película. Además de encargarse de que no olvide el propósito que me había hecho. Y quisiera quedarme, y seguir hablando con ella. Parece sensata. Parece que su corazón también está lastimado. Le tiembla la voz, tal vez esté nerviosa. Quisiera quedarme, pero ¿y si me vuelvo a equivocar? Ella también tiene miedo, se le nota al hablar. Siento esa carga de amor dentro de mí. Me está pidiendo a gritos que la libere. Me está suplicando que le dé una oportunidad más. Ojalá supiera cómo cancelar la Visa, porque la verdad es que quisiera quedarme. Ojalá supiera, pero aún no he aprendido. Me voy, pero quisiera quedarme...

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro