Leí el diario de un extraño (2003)

No tendré mañana

Concha Mayoral Palau

Hoy habré muerto. Si Dios quiere, moriré de madrugada: a las cinco en punto. Quiero ser metódica. Hacer las cosas bien y cumplir el calendario que me he impuesto por dos razones: una, por irme con la satisfacción que siempre me ha producido que las cosas salgan como previsto; y otra, porque entrando en una secuencia de tareas, aseguro llegar al final.
Lo he planeado con cuidado. Primero, la hora: Las cinco de la mañana, porque no quiero causar molestias innecesarias. Cuando lo descubran ya habrá empezado la jornada laboral. Segundo, el sitio: Voy a morir en el tercer piso del Pier 17, mirando el skyline de la ciudad. Es la forma suprema de desdén hacia la vida: mirar de frente a New York mientas se despierta. Tercero, la forma: Esto ha sido mucho más complicado de decidir. Después de sopesar varias opciones he concluido que me maten, también por dos razones: por que siempre he preferido que tomen otros las decisiones de detalle y, sobre todo, para no morir sola.
Cuando tuve enmarcado lo accidental, empecé a construir la trama. Lo más difícil era encontrar quién me matara. No sabía de nadie que me odiara tanto, y además tampoco me agradaba la idea de morir con alguien odiado. Tampoco se lo podía pedir a quien me quisiera: nadie me quería tanto. La solución me la dio Internet: a través de la web podría buscar un compañero de viaje, alguien que también quisiera morir. Sería un favor mutuo entre dos desconocidos que se encuentran en el momento justo de embarcar, y se encargan cada uno del pasaje del otro.
Me costó algún tiempo encontrar un chat adecuado y en él, a la persona idónea. Quería cerrar el plan pronto, porque aunque Internet te permite ser otros, de alguna forma corres el riesgo de tomar afecto a lo que sea que esté al otro lado de la pantalla. A Max le conocí el lunes, hace ahora una semana, en una web llamada “facilitadores-del-transito.com”. Es un site de una comunidad de fervorosos creyentes en el respeto a la voluntad del individuo llevada a sus últimas consecuencias, así que hice la pregunta directamente. “Busco quien me dé impulso para el viaje eterno”. La prestación sería recíproca.
Max fue a quien elegí, y enseguida pasamos a los detalles. No quería sangre ni violencia, tampoco quería una muerte fría. Sobre todo no tenia que ser pretenciosa. Moriría sin pensar en ello, absorta en otra cosa. Moriría en un beso largo y detenido, un beso de explorador concienzudo dispuesto a dejarse la vida en su aventura.
Le expliqué a Max cómo un beso podía matar en sentido literal: una capsulita, que también proporciona el site, liberaría veneno en nuestras bocas a lo largo del beso. El detectó un riesgo: que el beso no concentrara nuestra atención lo suficiente y a alguno de los dos nos diera un ataque de pánico en el último instante. Esta posibilidad la solucionamos pidiendo una cápsula que también paralizara los músculos, con lo cual sería imposible deshacer el abrazo que acompañaría al beso. Max no se interesó por mi físico. Yo tampoco pregunté nada. Era arriesgado, pero, en lo que a mi respecta, precisamente la curiosidad me mantendría en vilo hasta el día de la cita.
Estoy relajada. Ya está todo lo aparente bajo control. Es un momento peligroso, lo sé. Corro el riesgo de darle otra vuelta, volver a sopesar pros y contras, repasar mi vida deteniéndome en el porqué y cuándo empezó todo, y preguntándome si mañana podría ser de otra manera. No sé por qué el ser humano, o especialmente yo, tiene esos aires de grandeza de no querer irse hasta dejar su huella. En cualquier caso, con la contradicción inherente al ser pensante ya contaba, y por eso estoy escribiendo: para pasar este rato.
Me voy a permitir la última licencia. Será la prueba máxima. Voy a caer en la tentación del regodeo en mi propia existencia. En la pared tengo varias fotos colgadas con las que he hablado muchas veces:
La primera, mi madre. Siempre ahí, entera, incondicional. Te acuerdas las veces que me has dicho: “Hija, qué cansada es la vida”. Sí, mamá, lo es. Tú sigues porque tienes el consuelo de la religión, pero yo no. Mamá, ya no quiero inventarme la vida cada mañana.
Luego la foto de mis parejas. Están todos y ninguno. Rasgos que se repiten y el mismo final. Siempre me he enamorado de la misma persona. Creo que buscando lo que me gustaría ser. Principios prometedores y bien intencionados, seguidos de tropiezos repetidos y siempre el mismo desenlace. No sé si a todo el mundo le pasa. A mí sí: es mi habilidad para jugar las cartas.
Miro a mi hermana. No lo va a entender. Lo aceptará por respeto y por cariño, pero creo que procuraría convencerme de que se puede morir cualquier día, y que mejor que sea mañana. Por eso no se lo voy a decir. No quiero que me aleje de mi decisión, porque puede que no fuera capaz de enfrentarme a su mirada. De todas formas me llevo su retrato, y también el de mi madre, porque no quiero olvidar sus caras.
La foto del trabajo esta totalmente desdibujada. Representaba una carrera de obstáculos con algún ser animado a los lados de las vallas. Lo que hay en la foto es una línea plana.
Ahora, yo misma. Me miro al espejo porque no tengo fotos mías colgadas. Veo un caracol replegado en la coraza que he ido construyendo, como cualquier persona. La diferencia es que yo no tengo interés por ver que hay fuera de la concha. Tengo la curiosidad gastada. Quizá la tendría que haber fomentado más y no lo hecho. Las cosas son como son. Hay un momento en que sientes que hay que decir basta. Me voy sin deudas pendientes, sin rencores, sin ningún móvil suficiente para continuar, aunque fuere pensando en la venganza.
Con franqueza, tengo que reconocer que pensando en mi muerte me he sentido bastante viva: transformar la idea en un plan de acción detallado, la estrategia, la elección del socio, las condiciones de la transacción que garantice el éxito: “Yo gano, tú ganas”, las tareas identificadas, prever las posibles contingencias. Siento que he hecho un buen trabajo, la única vez que he podido hacer las cosas a mi manera. Incluso estoy manteniendo el suspense hasta el final. ¿Cómo será Max? Igual es feísimo, o me contagia una enfermedad, o no es un hombre. Yo creo que esta vez voy a tener suerte y va a ser Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo.
Me tengo que marchar ya. Voy a ir en taxi. A esta hora no suele haber tráfico, pero no voy a arriesgar mi buen hacer siendo impuntual. Me voy sonriendo porque siento que voy subiendo; esta vez sin bajadas. Al final estará mi vista favorita de New York y Marlon Brando, y despertaré convertida en mariposa. ¿Qué sentirá una mariposa?

 

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