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A
mis padres, que me dan tiempos y espacios de colores
Estaba pintando la pared de
mi habitación cuando llamaron a la puerta. Era mi hermano que traía
a mis sobrinos para que me quedara con ellos mientras él y su mujer
salían de compras. Enseguida Carlitos cogió la brocha del
cubo y con ojos iluminados se dirigió a su hermana.
¡Te pinto! Tía, tía ¿qué estás
haciendo con esto?, ¿qué haces? ¿pintas la pared?,
¿de verde?, ¿por qué de verde?, ¿te puedo
ayudar?
Carlitos, espera, ten cuidado que vas a pringar todo. Ni se te ocurra
manchar a tu hermana que esa pintura no se quita. A ver, espera que voy
a buscar algo para que os pongáis y después me ayudáis
si queréis a pintar la pared.
Rebusqué en el armario y encontré aquellos babis con mi
nombre bordado que mi madre me ponía de pequeña. Aún
los conservaba. Les vestí y les expliqué cómo debían
hacerlo. De inmediato emocionados empezaron a propinar brochazos verdes
a la pared del dormitorio.
Tía, tía, ¿así?
Sí, muy bien, así.
Quité la música clásica, pues apenas ya la escuchaba.
Dos voces chillonas habían inundado mi casa. Mi mañana blanca
se había esfumado con aquellos dos bicharracos de no más
de un metro cada uno. Me quedé en una esquina de la habitación
fumando un cigarro y observando como aquellas dos criaturas a rayitas
rosas y azules subían y bajaban pegados por la pared. Carlitos
se dio la vuelta:
Tía, tía, ¿qué haces?, ¿tú
no pintas?
Un chorreón verde manchó el poco parqué que quedaba
descubierto entre los papeles de periódico.
¡Hala, tía, no me lo habías dicho, pero si has
pintado todo! gritó desde el pasillo al descubrir la cocina,
el cuarto de baño y el estudio. Yo quería, ¿por
qué no me lo dijiste? Me gusta la amarilla. Cómo mola tu
casa, tía.
Me estaba poniendo nerviosa de verle con la brocha dando bandazos a un
lado y a otro. Di una calada al cigarro y lo apagué para salir
detrás de él antes de que zangoloteara por toda la casa.
Vamos a ver, Carlitos le dije, a mí también
me gusta. Me gustan las paredes de color, la verdad es que me gustan las
cosas de colores. No me gusta el mundo si no es coloreado. Pero todo con
un orden. Yo te voy a dejar pintar mis paredes si tienes cuidado y lo
hacemos de una manera ordenada, ¿vale? Pero antes que nada ve a
dejar la brocha en el cubo porque estás poniendo todo perdido.
Muy obediente Carlitos fue a dejarla y mientras la hermana seguía
ensimismada en el dormitorio, también quiso como yo lavarse las
manos en el grifo de la cocina. Apenas llegaba al fregadero pero me imitaba
rebozándose las manos verdes en el agua templada y el jabón
de aceite reciclado.
Tía, yo quiero quedarme aquí contigo este verano,
yo no quiero ir a los Pirineos para caminar detrás de papá
y hacer todo lo que él diga. Tía, por favor, déjame
quedarme aquí contigo me dijo suplicante con las manos aún
verdes entrelazadas.
Lo cogí en brazos y lo senté sobre la encimera. Le quedaba
perfecto mi viejo babi. Descubrí que también tenía
ojos negros absorbentes. No tuve más remedio que contárselo.
Mira, Carlitos, cuando yo era niña soñaba con colores.
Ponía color a mis sueños; así que unos días
soñaba en rosa, otros en amarillo, azul... Era fácil; no
tenía más que ordenar las lucecitas que aparecían
agolpadas en mi cerebro.
Carlitos echó una rápida ojeada a mi frente y continuó
escuchando.
Cuando me levantaba por las mañanas elegía el color
de mi ropa. Me gustaba imaginarme vestida de rojo como Caperucita. Anita
la colorada me llamaban por los dibujos que hacía y porque
me ponía roja como un tomate cuando el profesor me preguntaba.
Aunque decía don Valentín, el de dibujo, que en realidad
era porque tenía tanto color dentro de mí que por algún
lado tenía que salir.
Volvió a mirarme de arriba a abajo.
También tenía vacaciones de colores. Azules de mar,
verdes de campo, rojas de ciudad. Pero eso no lo podía escoger.
Mis padres alternaban un año playa, otro montaña, otro ciudad
para que los tres hermanos estuviéramos contentos. Así que
uno de cada tres tocaba vacaciones rojo neón y yo era feliz. Cuando
eran azules o verdes no hablaba, me quedaba callada el mes entero porque
me daba miedo el mar y los bichos del campo. En la ciudad se podían
hacer muchas más cosas. Pero eso parecía que mis padres
y hermanos no lo entendían.
Claro, a mí tampoco me entienden. El campo es un rollo; andar
y andar, montañas, árboles... ¡menudo rollazo! masculló
Carlitos.
Un día, cansada de soportar aburridos veranos azules o verdes
y de escuchar a mis amigos del cole contando sus divertidas historias
de pueblo, decidí tener mis propias vacaciones y preparé
mi viaje al Sol.
¡Hala! exclamó.
Quería saber cómo era el astro de donde me habían
dicho venían todos los colores. Metí en la mochila pinturas
para dibujar y una noche de verano me fui.
Carlitos todo ojos seguía escuchando.
Fue fácil salir de casa en dirección al Sol. Mis padres
aún dormían cuando vi asomarse el horizonte rojo por detrás
de las torres del barrio. Recuerdo que nada más abandonar el portal
tuve frío y vi como la farola que iluminaba mi calle se apagaba
dejando todo de color violeta. Enseguida me vi caminando dentro de un
arco iris cilíndrico que me permitía ver lo que había
alrededor pero me protegía de los grises urbanos.
¡Te metiste en un arco iris! dijo Carlitos señalándome
con su dedito verde.
Eso es. Los coches, todos del mismo tono violeta oscuro, empezaban
a circular a esas horas tempranas de la mañana. No había
andando ni cien metros cuando me di cuenta de que el cielo dentro de mi
senda tubular se había vuelto añil. Amanecía en la
ciudad y yo ajena al movimiento urbano continuaba caminando. Poco a poco
todo se cubrió de un precioso manto celeste.
Carlitos me miraba estupefacto con las manos apoyadas en las rodilleras
ya también de color verde.
Iba contenta pensando que a mi regreso los de clase alucinarían
cuando les contara mi maravilloso viaje al Sol, seguro que mejor que cualquiera
de sus historias de veraneo.
¿Qué más, tía? ¿qué viste?
preguntaba inquieto.
Poco a poco el cielo se puso más azul. Azul como el mar,
como ese mar que tanto le gustaba a mi hermano Paco. Ese mar visto desde
la ventanilla del coche cargado de trastos para mar con el que nos premiaban
cada cierto tiempo para recompensar el esfuerzo del colegio. Ese mar del
que tanto me había quejado.
Pero hija, no pongas esa cara, escucha qué murmullo, qué
bonito todo, qué olor a mar. Qué pronto vamos a llegar y
lo que vamos a disfrutar en esta playa. Me decía mi padre
animándome a escuchar el azul del mar. Animándome también
al año siguiente a escuchar el piar de los pajaritos en el campo.
Pero a mí todo eso me aburría y además me daba miedo.
Tenía pánico de todo lo que se movía escondido bajo
la tierra o en el agua.
Y yo, y yo, ¿ves? ¿Pero dónde estaba el Sol,
lo seguías? preguntó Carlitos.
Estaba encima de mí. Me comí el bocadillo cuando sobre
el azul el Sol ya empezaba a alcanzar altura. Caminé y caminé
hasta pasar el barrio. Tal y como me habían dicho después
de las casas había campo. Saqué las pinturas y mientras
descansaba sentada sobre la hierba me puse a pintar concentrando todos
mis sentidos en el verde que llenaba el camino. Los árboles se
reflejaban sobre el cuaderno formando hermosas grecas y eso me ayudaba
a olvidarme del miedo. Más adelante en cambio la vereda amarilleaba
la tierra.
¿No había nadie por allí? quiso saber
Carlitos.
Sí, vi a una niña de melena rubia enmarañada
que se acercó a mi arco iris. Pero antes de que pudiera adentrarse
en él una señora grande salió detrás de ella
y la cogió de la mano para llevársela. Recogí mis
cosas y continué caminando dentro del haz de colores hasta llegar
a una explanada amarilla donde hacía muchísimo calor.
Porque el Sol estaría cerca aclaró él.
Carlitos no paraba quieto sobre la encimera deseoso ya de escuchar el
final de mi historia.
Los ojos me quemaban por dentro. Una luz naranja demasiado intensa
se colaba por mis párpados. Atardecía y el cielo anaranjaba
en el horizonte. Entonces giré la cabeza por ver si le veía
y efectivamente estaba detrás de mí. Era rojo con muchos
puntitos de colores en su interior. De cada uno de ellos partía
un rayo de luz y todos juntos conformaban el camino que me había
conducido hacia él. Pero justo en el instante que mis ojos absorbían
aquella gran bola roja el sendero multicolor se deshizo y me encontré
sola en un enorme descampado.
¿Qué pasó con el Sol?
Se ocultó de nuevo entre las torres altas del barrio. Regresé
a casa antes de que se hiciera completamente de noche. Entonces, Carlitos,
comprendí que fuera donde fuera iba a tener siempre cerca de mí
todos los colores del mundo, sólo tenía que girar en derredor
mío para buscar el Sol y después ordenarlos como yo quisiera.
Carlitos estiró los brazos para que le bajara de la encimera y
fue corriendo a llamar a su hermana Alba quien seguía pintando
meticulosamente la pared. Algo le dijo al oído y ésta me
miró con cara de asombro.
Desde aquella mañana blanca manchada de verde, mis sobrinos Carlitos
y Alba disfrutan como yo también lo hice de veranos de colores.


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