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Como no sabía
qué regalarte para tu cumpleaños y se me echaba el tiempo
encima, se me ocurrió invocar a las musas de Sabina para que me
soplaran al oído. Así que me fui a la nevera, saqué
cubitos de hielo, los volqué en un vaso de tubo y cogí una
botella de güisqui. Luego puse Cerrado por derribo y
me senté a esperar.
Aunque era temprano por la mañana, y a esas horas si bebo me mareo,
y a pesar de que el güisqui no me gusta y de que fui incapaz siquiera
de acercarme el vaso a los labios, en cuanto el disco empezó a
sonar las musas acudieron a mi invocación.
Eran tres y, acostumbradas como están a lo que están acostumbradas,
empezaron a hacerme un striptease. Enseguida se percataron de que yo no
era Joaquín, así que se vistieron un poco azoradas, me pidieron
disculpas y me preguntaron que qué quería. Les dije que
no sabía qué regalarte para tu cumpleaños y que si
ellas pudieran soplarme alguna cosa bonita, que yo te la escribiría,
porque, les expliqué, escribir no se me da mal.
Mi deseo les pareció facilísimo de cumplir, cosa que les
alegró profundamente, porque estaban muertas de sueño y
con pocas ganas de andar inspirando a mujeres enamoradas y madrugonas.
Las musas de los poetas, me contaron, no acostumbran a madrugar. Que sólo
madrugan las de los ingenieros y las de los abogados, a ver qué
remedio. Después de explicarme que las musas de los poetas no suelen
madrugar, discutieron entre ellas para decidir quién empezaba.
Que empiece Susi concluyeron, que anoche se tomó
un Orfidal y ha dormido más que nosotras dos.
Susi es un nombre extraño para una musa, pero, me contaron, fue
el nombre que le puso el jefe, en recuerdo de una puta que una noche de
tormenta llenó su soledad de besos.
Lo primero que me inspiró Susi fue que metiese mi corazón
enamorado en una caja verde, que es tu color preferido, y que ese fuera
tu regalo. Le pregunté si un corazón enamorado con taquicardias
paroxísticas valía como regalo. Por lo visto no. Parece
ser que un corazón enamorado y con taquicardias no se está
quieto un momento y que en cuanto te descuidas salta de la caja, se cae
al suelo y se rompe poniéndolo todo perdido de lágrimas
rojas.
Pues entonces imposible le dije. Mi amor es muy ordenado,
y si le pongo sus cosas todas perdidas de lágrimas rojas se pondrá
hecho una furia.
Además me aclaró Susi, si se te rompe
el corazón, a ver qué haces luego para quererle. Sería
un error imperdonable equivocarte así con un regalo de cumpleaños.
Susi le cedió entonces la palabra a Clara. Clara sí me pareció
un nombre adecuado para una musa y ellas me dieron la razón asintiendo
con la cabeza.
Es que Clara ya venía con el nombre puesto me explicaron,
que si le toca al jefe bautizarla, en vez de Clara le hubiera puesto Carla.
Clara chascó los dedos delante de mis narices y del roce de sus
yemas salieron docenas de estrellas que me hicieron estornudar. Y con
mi estornudo algunas salieron disparadas y se desparramaron por la mesa,
por el suelo y por los sillones.
Les recordé lo ordenado que eres y enseguida me ayudaron a barrer
los montoncitos de polvo de estrellas que lo habían puesto todo
perdido. Pregunté entonces si en vez de regalarte por tu cumpleaños
un montón de estrellas alocadas no podría regalarte unas
que fuesen más tranquilas, unas que se pudiesen colgar del techo
de la habitación sobre tus sueños.
Clara me dijo que no podía ser, que las estrellas nunca se quedan
quietas en ningún sitio una vez que las has bajado del cielo. Yo
le dije que entonces no me servían, porque tú te volverías
loco si te he regalase un rebaño de estrellas que nunca pudieras
contar ni ordenar. Clara le cedió entonces la palabra a Teresa.
¿Cómo es que una musa puede tener un nombre tan normal
y corriente?pregunté yo.
Porque es la que se cuela entre la gente para ir apuntando palabras
de aquí y de allá, me contestaron ellas. Y para que una
musa pueda colarse entre la gente tiene que pasar desapercibida. Y para
que una musa pase desapercibida entre la gente tiene que parecer gente
y no una musa.
Ya.
Me di cuenta entonces de por qué Teresa, en vez de vestir una túnica
de hilo de luna como las otras dos, vestía unos vaqueros gastados.
Teresa se tumbó sobre la mesa. Como era una musa y las musas son
como las hadas, a Teresa no le molestaron ni las cajas, ni la lámpara,
ni los lápices ni ninguna de las cosas que desordenan la mesa en
donde escribo. Porque como cualquier hada, una musa pesa lo que pesa una
nube, o sea, que no pesa nada, así que puede tumbarse en cualquier
sitio, sobre cualquier cosa, como si se hubiese tumbado sobre un colchón
de espuma de mar. Teresa se tumbó sobre la mesa con la cabeza frente
a mi cabeza y se puso a pensar.
Es difícil me dijo, muy difícil inspirarte.
¿Por qué? le pregunté yo.
Porque tiene de todo. Verás siguió la musa,
si fuese egoísta le podrías cocinar un pastel de chocolate
para que lo compartiese con aquellos a quienes ama.
Pero es que a él no le gustan las tartas le expliqué.
Además él no es egoísta me dijo ella.
Si fuese mezquino, te diría que le construyeses una ventana
que abriese al mar.
Ese sería un regalo maravilloso dije encantada.
Pero se me dan mal los trabajos manuales añadí en
cuanto me miré las manos.
Además me recordó ella, él no es
mezquino, así que no necesita que le regales un fondo de mar para
ensanchar su corazón. Y añadió: Si fuese
tonto, te inspiraría para que le inventases un puzzle, que los
puzzles son muy buenos para los tontos.
Es que no tiene paciencia para hacer puzzles le expliqué.
Los hace pero luego le duele la barriga porque se pone nervioso.
Y encima, él no es tonto me recordó Teresa.
Un puzzle no sería un regalo para él. Y siguió
pensando.
Si no le quisieses, le podrías regalar unas alas para que
volase lejos de aquí.
Uy, no dije inmediatamente. A él volar le da
mucho miedo. En los aviones se le pone la cara verde, así que imagínate
si tuviera que volar a pelo.
Pero es que además, tú le quieres me recordó
Teresa, así que regalarle unas alas para que volase en busca
de amor no tendría sentido.
¿Pues entonces, qué le puedo regalar?
Las tres hadas me confesaron aturdidas que no tenían ni idea y
que nunca, en toda la eternidad que llevaban viviendo como musas les había
ocurrido semejante cosa. Y entonces se quedaron dormidas de puro cansancio.
Allí las dejé antes de salir de casa. Teresa tumbada en
la mesa. Susi colgada por los pies del séptimo peldaño de
la escalera. Clara hecha un ovillo sobre la alfombra que está entre
el banco y el sillón de orejas. Al principio, cuando me di cuenta
de que se habían quedado dormidas me indigné. Me pareció
que si eran seres espirituales, bien podían aguantar veinticuatro
horas en vela.
Menudas musas de mierda estas tres, pensé furiosa.
Pero luego, mirándolas un rato más, me entró mucha
ternura de verlas así y me pareció que era bonito tener
descansando en casa un corazón roto de amor, una coleccionista
de estrellas y un hada de las que conceden deseos que no siempre se pueden
cumplir. Pensé que bien valía la pena haberlas convocado
aunque sólo fuese por haberlas visto dormidas, aunque siguiera
yo sin saber qué regalarte por tu cumpleaños. Así
que cerré la puerta despacito y me marché al trabajo, sin
saber cuál será tu regalo este año.
Y aún no tengo ni idea, amor.


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