Leí el diario de un extraño (2003)

Felicidades

Raquel Míguez

Como no sabía qué regalarte para tu cumpleaños y se me echaba el tiempo encima, se me ocurrió invocar a las musas de Sabina para que me soplaran al oído. Así que me fui a la nevera, saqué cubitos de hielo, los volqué en un vaso de tubo y cogí una botella de güisqui. Luego puse “Cerrado por derribo” y me senté a esperar.
Aunque era temprano por la mañana, y a esas horas si bebo me mareo, y a pesar de que el güisqui no me gusta y de que fui incapaz siquiera de acercarme el vaso a los labios, en cuanto el disco empezó a sonar las musas acudieron a mi invocación.
Eran tres y, acostumbradas como están a lo que están acostumbradas, empezaron a hacerme un striptease. Enseguida se percataron de que yo no era Joaquín, así que se vistieron un poco azoradas, me pidieron disculpas y me preguntaron que qué quería. Les dije que no sabía qué regalarte para tu cumpleaños y que si ellas pudieran soplarme alguna cosa bonita, que yo te la escribiría, porque, les expliqué, escribir no se me da mal.
Mi deseo les pareció facilísimo de cumplir, cosa que les alegró profundamente, porque estaban muertas de sueño y con pocas ganas de andar inspirando a mujeres enamoradas y madrugonas. Las musas de los poetas, me contaron, no acostumbran a madrugar. Que sólo madrugan las de los ingenieros y las de los abogados, a ver qué remedio. Después de explicarme que las musas de los poetas no suelen madrugar, discutieron entre ellas para decidir quién empezaba.
—Que empiece Susi —concluyeron—, que anoche se tomó un Orfidal y ha dormido más que nosotras dos.
Susi es un nombre extraño para una musa, pero, me contaron, fue el nombre que le puso el jefe, en recuerdo de una puta que una noche de tormenta llenó su soledad de besos.
Lo primero que me inspiró Susi fue que metiese mi corazón enamorado en una caja verde, que es tu color preferido, y que ese fuera tu regalo. Le pregunté si un corazón enamorado con taquicardias paroxísticas valía como regalo. Por lo visto no. Parece ser que un corazón enamorado y con taquicardias no se está quieto un momento y que en cuanto te descuidas salta de la caja, se cae al suelo y se rompe poniéndolo todo perdido de lágrimas rojas.
—Pues entonces imposible —le dije—. Mi amor es muy ordenado, y si le pongo sus cosas todas perdidas de lágrimas rojas se pondrá hecho una furia.
—Además —me aclaró Susi—, si se te rompe el corazón, a ver qué haces luego para quererle. Sería un error imperdonable equivocarte así con un regalo de cumpleaños.
Susi le cedió entonces la palabra a Clara. Clara sí me pareció un nombre adecuado para una musa y ellas me dieron la razón asintiendo con la cabeza.
—Es que Clara ya venía con el nombre puesto —me explicaron—, que si le toca al jefe bautizarla, en vez de Clara le hubiera puesto Carla.
Clara chascó los dedos delante de mis narices y del roce de sus yemas salieron docenas de estrellas que me hicieron estornudar. Y con mi estornudo algunas salieron disparadas y se desparramaron por la mesa, por el suelo y por los sillones.
Les recordé lo ordenado que eres y enseguida me ayudaron a barrer los montoncitos de polvo de estrellas que lo habían puesto todo perdido. Pregunté entonces si en vez de regalarte por tu cumpleaños un montón de estrellas alocadas no podría regalarte unas que fuesen más tranquilas, unas que se pudiesen colgar del techo de la habitación sobre tus sueños.
Clara me dijo que no podía ser, que las estrellas nunca se quedan quietas en ningún sitio una vez que las has bajado del cielo. Yo le dije que entonces no me servían, porque tú te volverías loco si te he regalase un rebaño de estrellas que nunca pudieras contar ni ordenar. Clara le cedió entonces la palabra a Teresa.
—¿Cómo es que una musa puede tener un nombre tan normal y corriente?—pregunté yo.
—Porque es la que se cuela entre la gente para ir apuntando palabras de aquí y de allá, me contestaron ellas. Y para que una musa pueda colarse entre la gente tiene que pasar desapercibida. Y para que una musa pase desapercibida entre la gente tiene que parecer gente y no una musa.
—Ya.
Me di cuenta entonces de por qué Teresa, en vez de vestir una túnica de hilo de luna como las otras dos, vestía unos vaqueros gastados. Teresa se tumbó sobre la mesa. Como era una musa y las musas son como las hadas, a Teresa no le molestaron ni las cajas, ni la lámpara, ni los lápices ni ninguna de las cosas que desordenan la mesa en donde escribo. Porque como cualquier hada, una musa pesa lo que pesa una nube, o sea, que no pesa nada, así que puede tumbarse en cualquier sitio, sobre cualquier cosa, como si se hubiese tumbado sobre un colchón de espuma de mar. Teresa se tumbó sobre la mesa con la cabeza frente a mi cabeza y se puso a pensar.
—Es difícil —me dijo—, muy difícil inspirarte.
—¿Por qué? —le pregunté yo.
—Porque tiene de todo. Verás —siguió la musa—, si fuese egoísta le podrías cocinar un pastel de chocolate para que lo compartiese con aquellos a quienes ama.
—Pero es que a él no le gustan las tartas —le expliqué.
—Además él no es egoísta —me dijo ella.
—Si fuese mezquino, te diría que le construyeses una ventana que abriese al mar.
—Ese sería un regalo maravilloso —dije encantada—. Pero se me dan mal los trabajos manuales —añadí en cuanto me miré las manos.
—Además —me recordó ella—, él no es mezquino, así que no necesita que le regales un fondo de mar para ensanchar su corazón. —Y añadió—: Si fuese tonto, te inspiraría para que le inventases un puzzle, que los puzzles son muy buenos para los tontos.
—Es que no tiene paciencia para hacer puzzles —le expliqué—. Los hace pero luego le duele la barriga porque se pone nervioso.
—Y encima, él no es tonto —me recordó Teresa—. Un puzzle no sería un regalo para él. —Y siguió pensando.
—Si no le quisieses, le podrías regalar unas alas para que volase lejos de aquí.
—Uy, no —dije inmediatamente—. A él volar le da mucho miedo. En los aviones se le pone la cara verde, así que imagínate si tuviera que volar a pelo.
—Pero es que además, tú le quieres —me recordó Teresa—, así que regalarle unas alas para que volase en busca de amor no tendría sentido.
— ¿Pues entonces, qué le puedo regalar?
Las tres hadas me confesaron aturdidas que no tenían ni idea y que nunca, en toda la eternidad que llevaban viviendo como musas les había ocurrido semejante cosa. Y entonces se quedaron dormidas de puro cansancio.
Allí las dejé antes de salir de casa. Teresa tumbada en la mesa. Susi colgada por los pies del séptimo peldaño de la escalera. Clara hecha un ovillo sobre la alfombra que está entre el banco y el sillón de orejas. Al principio, cuando me di cuenta de que se habían quedado dormidas me indigné. Me pareció que si eran seres espirituales, bien podían aguantar veinticuatro horas en vela.
“Menudas musas de mierda estas tres”, pensé furiosa. Pero luego, mirándolas un rato más, me entró mucha ternura de verlas así y me pareció que era bonito tener descansando en casa un corazón roto de amor, una coleccionista de estrellas y un hada de las que conceden deseos que no siempre se pueden cumplir. Pensé que bien valía la pena haberlas convocado aunque sólo fuese por haberlas visto dormidas, aunque siguiera yo sin saber qué regalarte por tu cumpleaños. Así que cerré la puerta despacito y me marché al trabajo, sin saber cuál será tu regalo este año.
Y aún no tengo ni idea, amor
.

 

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