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Casi todo es cuento (1996) |
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Anoche soñé que alguien me amaba |
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Esteban F. Alcalde Villar |
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Siempre pensé
que La Muerte llegaría íntimamente, pequeña y calva.
Me asusté. Me dio vergüenza que llegara tan alta. Tan hermosa,
creo. Tendido en la cama, impotente, lo que menos deseaba ver era aquella
esperpéntica silueta en el umbral de mi habitación. Guadaña
en mano, hiriéndome la vista con la luz de las farolas que aún
llevaba prendida en la hoja.
¿Usted ha pedido hora, caballero? me preguntó desde la sombra con una voz poco femenina. Señora, yo... Señorita me corrigió. Llevo meses muriéndome, señorita. Le haré el favor, no se preocupe. Y puede dar la luz e invitarme a pasar, que no me lo voy a comer. Pase, pase, perdone mi descortesía. No importa, estoy acostumbrada a no ser bien recibida. Alargué el brazo y encendí la lámpara de la mesilla. Ella entró con una sonrisa en plena cara. Buenas noches me saludó inclinando la cabeza. Le devolví la sonrisa temblando. Una noche demasiado fría para abril, ¿no le parece? Asentí. Con los ojos en blanco y en tono cansino, comenzó una amarga letanía. Soy la enviada, la cosechadora de almas, la mano negra de Dios, soy la peste, no sé, ¿cómo seguía? Bueno, no recuerdo nada más. En fin, que soy La Muerte. Crisantelma Camposanta, para servirle me tendió una mano larga, cubierta por un guante de ganchillo. Mucho gusto musité. No me lo creo replicó ella. Llevaba el cuerpo huesudo tapado con un vestido rojo de lentejuelas, ajustado hasta los tobillos. Los pies enfundados en unos zapatos naranja de plataforma salpicados de purpurina, los tacones eran de cristal y en el interior nadaban pequeños peces de colores. El espeso maquillaje disimulaba el hundimiento de los carrillos y suavizaba los pómulos minerales, pero no conseguía ocultar una ligera barba. Las pestañas postizas eran largas y negras como patas de araña. La sombra de ojos embrutecía el azul de sus pupilas. La nariz era algo exagerada, como de pajarraco. La boca, grande, de labios gruesos y pintados de rojo fosforescente. El cuello, demasiado largo, lo cubría con una boa de plumas rosa. Una melena electrizante, cardada, enlacada y cargada profusamente de brillantina, coronaba su cabeza. Arrinconó la guadaña y dejó caer su cuerpo delgado, con un suspiro, en una silla junto a mi cama. Muy de cerca tenía los ojos de tantos colores como el culo de algunas arañas. Y bajo el rastro de perfume pesetero, todo su cuerpo despedía un áspero olor a tabaco. Dejémonos de usted, los dos somos jóvenes, y como aún no te toca, nos queda un rato para jugar a los dados y echar un trago de ginebra me dijo, cogiéndome las manos. Casi no llego por un puto taxista que no me dejaba subir armada. Me dijo que le iba a joder la tapicería con la cuchilla. Yo le dije que o me abría la puerta o metía la cabeza por su ventanilla y le arrancaba los huevos de un bocado. Y resultó, porque no quiso cobrarme la carrera. Yo miraba sus labios y me decía: Es La Muerte, es La Muerte. Pero no dejaba de parecerme una simple prostituta. ¿Tienes un cigarrillo? No, el médico me los tiene prohibidos. Y ya que más te da. De un pequeño bolso verde manzana sacó un par de dados y una petaca labrada con flores. Echó un trago largo y me acercó los dados. Con una mirada me animó a lanzarlos, pero ni siquiera los toqué. Pero bueno, tío, ¿qué te pasa? No puedo remediarlo, he de hacerte una pregunta. No estoy comprometida. No es eso. ¿Qué hay después? Lo siento, es una respuesta secreta, como en los concursos de la tele. Y ahora juega, vamos. Pero, ¿duele? ¿El qué? preguntó irritada. Pues el qué va a ser, morirse. ¿Por qué? Nadie quiere saberlo cuando está a punto de palmarla. Prefieren engañarse pensando que será como quedarse dormido en una cama de algodón. Venga, tira los dados y no me jodas. No es por joder, y no me da la gana tirar los dados. Contesta. Ella tiró los dados. 6. Lo hago con mucho tiento. A veces se sangra un poco... Al ver mi cara de espanto, prosiguió: ...pero no es nada. Tengo experiencia en manejar la guadaña. Realizo los cortes precisos para sacar el alma. Pero debo reconocer que a veces el pulso me tiembla un poco. Si no te echaras esos tragos de ginebra, tu pulso sería más fiable. No me vengas con sermones, cariño. Ahora soy tu dueña dijo, y echó una carcajada de camionero que resonó en toda la casa. Oye, ¿qué eres tú, una jodida loca? Armada y peligrosa volvió a reírse y de pronto se puso seria, ya te lo dije. Sí, ya sé, la mano negra y todo ese rollo. Justo. La Muerte se pasó la lengua por los labios. ¿Pero no eres demasiado... ...hermosa? apuntó ella. La palabra exacta sería estrafalaria. No siempre voy así. Tengo una preciosa capa de terciopelo color burdeos, más elegante. Pero la reservo para ocasiones especiales. Para ir a recoger a personas importantes. Todos alaban mi gusto en el vestir. Debe ser porque están en las últimas y no les conviene quedar mal contigo. ¿Qué coño te pasa? Nada, es sólo... ¿Es sólo qué? Que nunca me han dado un beso de amor y me jode morirme sin catarlo. ¿Qué me dices? Lo que oyes. ¿Y tu madre y tus tías? No me refiero a eso, ya me entiendes. Ahora vivo solo, mis padres se mataron en un accidente de tráfico. Creo recordarlo. Tu madre era rubia y de ojos tristes, ¿Mariana? Los dos sabíamos que no era cierto. Ni era rubia, ni de ojos tristes y se llamaba Ernesta, pero le seguí el juego. Sí dije emocionado, ¿sufrieron mucho? Qué va, no lo permití, me los lleve rápido. ¿Ahora nadie cuida de ti? Una vecina pasa una vez al día para darme de comer y llevarme al baño. Dios se lo pague murmuró. No hace falta, ya se encarga ella de cobrarse. Cada vez que viene desaparece algo. Un día me quedé dormido mientras ella cocinaba. Cuando desperté tenía sobre las piernas un par de huevos fritos y del cuello me faltaba la medalla que mi madre me regaló por mi comunión. Mala puta. El Señor quiera que tenga que venir pronto a por ella. Ese día me pondré de ginebra hasta el culo. Volvió a lanzar los dados. 2. Tú pierdes anunció. De la calle sólo llegaban los alaridos de los gatos, copulando o arrebatándose la vida. Recogió los dados, sorbiéndose los mocos sonoramente. Supongo que tú siempre ganas le dije. Supones bien contestó con una media sonrisa. Acercó la cara. Me puso perdido de brillantina. Su aliento era amargo con un toque de regaliz. Cerró los ojos y me cantó un viejo éxito de Billy Holliday que yo adoraba, en su voz forjada con ginebra y polvo de carbón. Pensé en decir algo, pensé en llorar. Sus palabras me golpeaban en la cara como pegotes de chocolate ardiendo. Yo estaba al borde de la inconsciencia. Un sombrero arrastrado por el viento y llevado hasta el mar. Pero un pitido estridente cortó la canción en seco. Ella creyó que ya estaba dormido. Joder, el busca susurró. El pitido cesó. Sentí cómo se levantaba, cómo dejaba la silla en su sitio. Entreabrí un ojo y pude ver cómo cogía con cuidado la guadaña, y cómo pasaba un dedo húmedo por la hoja. Sentí el ínfimo peso de su cuerpo. El temblor de un saxo soplado a fuego, la melodía cadenciosa del humo. Apretó sus labios contra los míos en un beso reventón. Con la lengua se abrió paso hasta la garganta como una cuña de miel. Allí se revolvió y serpenteó llevándose mi aliento; y al final, el final rápido como un tiro. Después de eso sólo recuerdo que mi alma caminaba de su mano. Crisantelma avanzó por el pasillo contoneando el culo, con un taconeo ligero y metálico como entrechocar de llaves. En la habitación dejó un rastro de brillantina suspendido en el aire como una pequeña galaxia. Y sobre la cama abandonó un cuerpo vacío, alumbrado de estrellas. Debí traerme la capa color burdeos murmuró cuando ya estaba muy lejos, abierta de piernas y colocándose el paquete. |
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