Tercer año. Tercer libro. ¿Va la vencida a la tercera?
Pudiera ser si se tratara de una lucha a muerte, en desigual combate,
contra el dragón que tiene prisionera a la princesa en su fantasmal
torre de fuego y hielo. El ensalmo del demiurgo, ungido de clavel,
desnudo en el interior de un círculo de sal; el conjuro repetido
por vez tercera ante el sello del arcángel Samael, entre cactus
de flores rojas, un martes al amanecer, para concederle vida a
lo que estaba muerto. Este es el tercer libro del Taller, el tercer
enigma, el tercer ojo. Tras los nueve círculos del Infierno y
las siete terrazas del Purgatorio de Dante, Virgilio nos deja
en manos de Beatriz para ascender los nueve círculos del Paraíso,
en busca de la Rosa de los bienaventurados. A su modo, cada libro
es un combate, una respuesta, una puñalada en el corazón de la
abulia, de la mediocridad y de la incultura. Primero fueron las
Historias para adultos imperfectos. Siguieron los Cuentos por
asalto. Ahora llega esta antología que tienes en tus manos: Casi
todo es cuento. Sesenta y cinco nuevos narradores que se cuelan
por la puerta de atrás, sin pedir permiso, haciendo de su capa
un sayo, y con la lengua suelta. No son los figurones, los nombres
que Umbral escribe en negrita en sus columnas, los patriarcas
de las letras, los popes de la literatura, los ganadores del Planeta,
los beatificados por la crítica y las tesis doctorales, los invitados
de honor en los programas de Hermida y en los cumpleaños del rey.
No son ellos. Los autores de este libro aún no se han sentado
en Babelia, a la derecha de Dios padre, pero escriben. Con insolencia,
con tozudez aragonesa, se enfrentan al papel en blanco y escriben,
semana tras semana, demostrando con el propio movimiento de la
mano que existe vida más allá de las estrellas, que existen letras
más allá de las constelaciones Cela, los quásares Gala y hasta
de los meteoritos Mañas. Galileo sonríe desde su tumba: “Eppur
si muove”. Así pues, los sesenta y cinco autores (cuarenta y seis
mujeres, afortunadamente la escritura también está cambiando de
manos, aún queda la esperanza), se presentan ante el lector sin
títulos, sin apadrinajes ni batas de cola. Aquí no hay más artificio
que el de la propia lengua, el de la literatura entendida como
“el arte de juntar palabras”. No hace falta sacarse el carné para
escribir. Se admiten intrusos, pese a quien pese. No cabe duda
de que a los pseudo-críticos, a los antólogos oficialistas, a
los taxidermistas literarios y a los forenses de la letra impresa,
libros como el que ahora tiene el lector en sus manos les resultan
incómodos, jaquecosos, granos en el culo. Imagino que piensan:
¿De dónde sale tanta gente? ¿Es que no les gustan las series de
Antena 3 ni los programas de desaparecidos? ¿No querrán pensar
por su cuenta, opinar, alzar la voz y hacerse oír a nuestras espaldas?
Ya somos bastantes en esta profesión. ¡A cerrar fronteras! Con
los que estamos dentro ya llenamos las tertulias radiofónicas,
las columnas de la prensa y los anaqueles de las librerías. Los
demás que escuchen y aprendan. Los mirones, como en el mus, son
de piedra y dan tabaco. Es verdad: son autores sin pasado. Son
autores con futuro. El siglo XXI, el tercer milenio, está en sus
manos, habla por sus bocas. Hay textos en este libro que transparentan
la promesa, que advierten de un futuro cuajado de letras. Hay
otros que, como un espejo de azogue reciente, nos muestran el
retrato de su autor, inmortalizado en una fotografía sintáctica,
en lugar de con haluros de plata. Y hay otros, al fin, que firmarían
hoy, de muy buena gana, grandes escritores de nuestra literatura;
textos que debieran avergonzar, por su calidad, los juicios apresurados
y facilongos de esos abundantes críticos de boina y orejeras,
de cultura enquistada, burguesa, rancia, que pontifican desde
sus minaretes de papel subvencionado.
Hay un cartel anarquista, de tiempos de nuestra
Guerra Civil, que mostraba a una campesina arrodillada pidiendo
limosna. Bajo la figura encorvada se leía una leyenda lapidaria:
“El pan no se mendiga, se arranca”. ¿Quién dueño de la tierra,
de la máquina de hacer churros, del cotarro, va por su propio
pie a ceder su patrimonio? ¿Quién nos hará un hueco en su columna,
en su página del periódico? ¿Quién nos va a escuchar si no alzamos
la voz, si en un primer momento no gritamos para hacernos oír?
“Tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva.
Hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre. [...]
Sin embargo, el español no habla alto: El español habla desde
el nivel exacto del Hombre, y el que piense que habla demasiado
alto es porque escucha desde el fondo de un pozo”, decía León
Felipe en 1942, desde su exilio en México. No vamos nosotros a
enmendarle la plana.
El sólo hecho de escribir es un acto de insubordinación,
de insumisión. “Para que el mal medre, basta que las buenas personas
no hagan nada por impedirlo”, decía Edmund Burke. Así que, antes
de que sea demasiado tarde, hay que ponerse en guardia. Si hay
motivos para ello, pues porque los hay; y si no los hay, como
medicina preventiva. Es bien sabido que “los pueblos que olvidan
su historia están condenados a repetirla”. Los sesenta y cinco
autores de este libro, en su infancia literaria, con ojos asombrados,
rescatan el antiguo mandato que el peruano César Vallejo hiciera,
cuando intentaba prevenir a los niños del auge fascista en la
Guerra Civil, en España, aparta de mí este cáliz:
“Niños del mundo,
si España cae —digo, es un decir—
si cae España, de la tierra para abajo,
niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
[...]
¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menor de las pirámides, y aún
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae —digo, es un decir—
salid, niños del mundo, id a buscarla!...”
En cada una de las páginas que siguen hay mucho
más que tinta y celulosa. Walt Whitman, lo resume en dos versos,
épicos y luminosos como todos los que componen sus Cantos de adiós:
“Camarada, esto no es un libro.
Quien vuelve sus hojas toca un hombre.”
Queda agradecer el paso por el Taller, y la ayuda
prestada de uno u otro modo, a Enrique de Antonio, castellano
insobornable, apasionado defensor de la riqueza de la lengua;
a Magdalena Labarga, contadora de cuentos del grupo Palique; a
Marisa Fresno y Alfonso Fernández Burgos, generosos correctores
de guardia a cualquier hora, en cualquier sitio; a Marina Navarro,
¿qué harían sin ti las bibliotecas?; a Guadalupe Urbina, que regresó
a Madrid para recordar canciones de Guanacaste y leyendas de Mesoamérica;
a Miguel Óscar Menassa y Antonio Almansa, que nos trajeron reflexiones
sobre las resistencias a la escritura, con mucho Freud entre sus
hebras; a Blanca Giles, a Paloma y al sindicato de enseñanza de
CC.OO. en Málaga, prolongación del Taller a orillas del mar a
comienzos del verano; a Marcelo Soto y a sus alumnos del módulo
de Biblioteconomía del Instituto San Isidro de Madrid por sus
abundantes correcciones; a Francisco Garzón Céspedes y la CIINOE,
por sus cuentos y por llevar nuestros libros al otro lado del
Atlántico; a William Fernando Torres, que nos manda textos inencontrables
desde su decanato de la universidad Surcolombiana; a Piti Corella,
Esteban Cortijo, Leo, Nía, Gus, y al Centro de Estudios Mario
Roso de Luna, en Cáceres, con su Taller paralelo, colaboradores
en las páginas de este libro; a Maryta y Osvaldo Berenguer, reencarnaciones
de Horacio y la Maga, un pie aquí y otro en Bahía Blanca; a los
que hacen Dazibao, del periódico El Mundo, que siempre se hacen
eco de nuestros cursos; a las páginas color salmón del ABC del
domingo, a Susana Vela del periódico Chamberí, al Magisterio Español,
Primeras Noticias, la Guía del Ocio, y tantos otros que escuchan
y multiplican nuestras propuestas; a Enrique Pérez, de la UNEAC,
en Cuba, con toda nuestra solidaridad frente a los matones del
norte; a Flor Carrillo, asesora de magias, conjuros y anillos
de poder; a Zulema Moret, de AITADEC, y a sus alumnos, hermanos
de un mismo juego desde la revista Errantes, en Barcelona; a Graciela
Anzola, de la universidad de Lara, en Venezuela, que nos trajo
chinchorros y libros de Aquiles Nazoa; a Alekos, por sus dibujos,
una vez más; y a Elías, por su estoica paciencia y por compartir
espacio en sus partidas de rol con Ainhoa, Virginia, David, Ming,
José, Andrés y los hermanos Wong (¿Cuántos elfos han muerto ya?
¿Dónde acabó la escoba del centauro?) Va por ellos.
© Enrique Páez, Madrid abril de 1996

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