A
Cristina que, ahora, por sus estudios,
sale menos a visitar cafeterías.
iCuando vas a morir no hace
falta que te lo diga nadie. Ni médicos ni familiares. Tú
lo sabes. Y yo lo supe cuando estaba sentado sobre un taburete, con
mi codo izquierdo apoyado en la barra de la cafetería Miami,
en los impares de la calle Carranza.
Llegué allí después de atravesar una tarde plomiza,
aburrida, de esas en las que parece que nadie te ve y tú no te
fijas en nadie.
Justo cuando apuraba mi segundo té, ella entró y vino
a sentarse dos taburetes mas allá del mío, donde comenzaba
a curvarse la barra, cerca de la caja registradora. Sus movimientos
evidenciaban la soltura sin excesos que tienen las personas seguras
y amables, mezclada, además, con esa elegancia envidiable que
no precisa de esfuerzo para fascinar. Llevaba un traje de piel vuelta,
azul marino, con la chaqueta algo más baja que la cintura y falda
de tubo un palmo por encima de las rodillas. Cruzó las piernas
al tiempo que pedía un café con leche. Después,
usando los dedos abiertos como un peine vivo cambió, de un solo
gesto, la caída de su pelo rubio hacia el lado opuesto en el
que estaba. Puso una sobre otra mano enlazándolas íntimamente
y las dejó sobre su pierna cruzada. Esperaba su café con
leche. Mientras tanto le dio tiempo a mirar algo en el techo. También
se vio a sí misma durante unos instantes en la luna que decoraba
la pared, detrás de la barra y, después, me miró
a mí. Se quedó así todo el tiempo.
Yo aparté mis ojos al sentirme descubierto en plena observación
anonadada. Acomodé mi nerviosismo en el taburete ensayando otra
postura y, huidizamente, de reojo, volví a mirarla. Ella insistía
con sus ojos decididos, verdes, fijos hacia mí. La situación
no me permitía reducir el desconcierto y aún menos aparentar
la naturalidad fingida que necesitamos algunos hombres para solventar
los imprevistos.
De pequeño, cuando corría junto a otros niños en
el parque Güell, me llamaban patoso; cuando tenía ganas
de comer, glotón; cuando preguntaba, impertinente; cuando reía,
insustancial; cuando permanecía serio, envidioso. Cuando tenía
alguna iniciativa, me aconsejaban la contraria y, en todos los casos,
me ponían como ejemplo a mi hermano mayor. Fue un modelo extraordinario
que, debo aclarar, no alcancé jamás. Sé que muchas
coyunturas de la vida me hubieran sido más livianas de parecerme
en algo a él.
Años después de las carreras en el parque Güell,
y ya por mi propia cuenta, tomé decisiones que tampoco me supusieron
ningún adelanto; la de hacerme vegetariano, sin ir más
lejos. O ecologista intransigente. Nunca comí una ensalada que
no hubiera desinfectado previamente con una gotita de lejía,
aclarándola, después, no menos de tres veces. Sumé,
además, mucho asco por el tabaco y el alcohol. Mi apartamento
siempre fue el perfecto muestrario de un orden y limpieza matemáticos.
Es decir, me convertí en un tipo desconfiado.
Y si a un desconfiado y, en consecuencia, solitario, se le sienta, dos
taburetes más allá, una rubia elegante que le mira con
intensidad tan única e indescifrable, es lógico que se
sienta desarbolado.
Tenía unas ganas imperiosas de ir al servicio para orinar. Deseché
inmediatamente la idea porque no quería talar aquel hilo caliente;
la observación que me dedicaba, el placer novedoso que nunca
antes yo había disfrutado. ¿Qué querría
de mí? ¿Acaso era posible que estuviera despertando algún
interés en ella? ¿O quizá estaba descansando su
mirada, sirviéndola yo de objeto, mientras meditaba en otras
cosas, seguramente más importantes? Hubiera sido imprescindible
hilvanar algunas reflexiones que me aclararan tanta dificultad inesperada,
pero la rectitud de su mirada, sus imperturbables ojos sin pestañear,
lo hacían imposible.
Por otra parte yo no podía cambiar mi postura. Ya antes había
intentado estirar un poco las piernas, hasta el escalón de mármol
bajo la barra pero, en esa posición, el pis se me salía
sin posibilidad de control alguno. En caso de optar por cruzar las piernas,
el resultado era peor; un dolor insufrible, vejiga arriba, me hacía
temblar y quedarme frío, como en los peores momentos de una enfermedad.
Me mantuve como estaba. Además era lo que debía hacer
un hombre, lo que hubiera hecho mi hermano mayor en la misma situación.
Más aún; ella no había probado su café,
ya destemplado, y continuaba regalándome la mejor mirada de mi
historia, la que con más persistencia e interés me habían
dedicado. Y aunque la cortesía nunca hasta entonces me obligó
a tanto, no estaba dispuesto a rendirme.
En ese momento me di cuenta de que algo me estallaba por dentro. La
vejiga, como un planeta roto, reventaba contra el mundo oscuro de mi
cuerpo. Noté que los intestinos, el estómago, las venas,
mezcladas con otras vísceras despedazadas, nadaban por mi interior
como en una acequia de orín. Por el sabor supe que iba a vomitar
sangre. Incluso me llegó hasta los dientes. Pero, ante la mirada
fija de aquella mujer, me pareció una incorrección inaceptable
por mi parte; la tragué de una sola vez y limpié, con
una servilleta de papel, un resto en la comisura de mis labios.
En la ambulancia comprendí que me moría. Cuando vas a
morir no hace falta que te lo diga nadie. Tú lo sabes. Oí
como los dos enfermeros se quejaban del mal olor, tapándose las
caras y manos con mascarillas y guantes casi transparentes.
Este tipo ha reventado. Parece mentira que pudiera retener tanto
meao, dijo uno de ellos.
Yo hubiera muerto feliz, para así acabar con todo y mi vida sin
alicientes, después de haber sentido la mirada de aquella rubia
elegante. Hubiera podido ser si una última y mala casualidad
no hubiera provocado que escuchara al segundo enfermero que, por el
color de su brazo y frente, debía ser un africano:
Es curioso, mueren dos a la vez, la misma tarde y en la misma
cafetería comentó. ¿Vistes a la tía?
preguntó al compañero, se quedó tiesa
en el taburete. Menudo infarto. Estuvo tres horas en la misma posición,
sin caerse.
Todavía alcancé a pensar que quizá debíamos
haber hablado, haber empezado por preguntar la hora o algo así.
Hablar siempre alivia y a lo mejor ahora podríamos estar vivos
y bailando en Pachá; no lo sé. Ya no me da tiempo para
saber de nada, así, tan rígido para siempre.
Me moría. Y eso no hace falta que te lo anuncie nadie. Ni médicos
ni familia. Tú lo sabes.

Viernes
Santo
A media mañana, el
día de Viernes Santo, Marta me despertó para decirme que
se había afeitado el pubis. Desde mi lado del hilo telefónico
le contesté que me acercaría hasta su casa, a la hora
de la siesta, para celebrar la ocurrencia.
Después de fermentar en su calor, sobre las seis de la tarde
nos quedamos dormidos. Soñé que nuestros sueños
se distanciaban.
Luego, al bajar por Recoletos, me entretuve observando una procesión.
El cielo era un sudario de nubes grises, compactas. Corría una
brisa agradable; las ramas de los árboles braceaban. El ruido
de los tambores, como truenos sucesivos, abarrotaban el ámbito.
Fieles y curiosos, mezclados, se izaban sobre la punta de los pies para
ver mejor. Por abajo parecían un bosque de tendones estirados.
En Alcalá todo estaba cerrado, menos un fotomatón. Introduje
cinco monedas de cien y di vueltas al taburete para colocarme como indicaban
los gráficos de la pared. Hice poses ridículas y esperé
a que saliera la tira, todavía húmeda, de fotografías.
No me gusté. Tiré los cuatro gestos en un contenedor de
pilas agotadas. A las nueve y media llegué a mi casa y, para
no estar solo, encendí la T.V. Las noticias informaban de un
verdadero Viernes Santo, en la frontera entre Méjico y U.S.A.
Se veía sangre real, de seres humanos en lugar de cristos amuñecados.
Mejicanos hambrientos transgredían esa frontera en busca de trabajo.
Eran humillados, reventados a palos por los policías americanos.
Cuando la justicia está de un sólo lado, deduje, es una
cobardía mantenerse neutral.
Llamé a Marta. Le pedí que, al menos durante unos días,
mantuviera afeitado su pubis, igual de suave y tierno. Le sugerí
que no deberíamos enfermar de bienestar porque, esa, era una
modalidad lenta de la muerte. También le dije que estaba dispuesto
a renovar algunos sueños junto a ella. Para vivir.