Casi todo es cuento (1996)

Muelle

Anna Almazán

—¡Estoy hasta el moño de verte día y noche estirando esos malditos muelles, dando puñetazos al aire, tirando de ellos hora tras hora! ¡Es para hartar a cualquiera! —gritaba Marta apretando los puños con la cara congestionada.
Arturo, casi desnudo, continuaba mirando al vacío, golpeaba el aire ora con una mano, ora con la otra. Tensaba sus brazos sudorosos al tiempo que los muelles se estiraban intentando soltar la tabla que los sujetaba a la pared con un grueso tornillo.
—¡Me marcho! —continuó Marta haciendo estallar las venas de su cuello— ¡Que te aguante tu abuela!
Arturo seguía impasible contando mientras soltaba el aire y marcaba el compás de sus movimientos: “Un-dos, un-dos, uuun-dos, uuun-dooss, uuunooo dooosss, uuuu... no... doooo... sssss. ”
Marta salió de la habitación dando un portazo. Fue al cuarto de baño y abrió los grifos de la bañera que regó con gel. Mientras se llenaba de agua, cogió una caja de bombones del aparador del pasillo, la colocó en una banqueta junto a la cortina y comenzó a desnudarse.
Sus pechos empezaban a cansarse de luchar contra la ley de la gravedad, pero por lo demás gozaba de una figura espléndida, con el vientre liso, sin michelines y con la carne aún firme.
Se contempló largamente en el espejo que se emborronaba ya con el vapor que el grifo dejaba escapar, hizo una mueca de aprobación y se escondió entre la espuma de la bañera. Cogió un bombón y se lo comió de un bocado.
—¡Voy a acabar como una vaca! —se dijo mirando la caja rebosante de guindas al licor—. Nunca me había llamado la atención el chocolate y ahora soy capaz de comerme la caja entera ¡de una sentada! Y todo desde que compró ese maldito chisme de gimnasia.
Extendió la mano hacia la banqueta y escogió otra golosina.
Después de veinte minutos chapoteando entre espuma, su estómago no admitía un dulce más y sus dedos estaban tan arrugados que los envoltorios se le resbalaban entre las manos. Once de ellos flotaban tranquilamente en las espumosas aguas de la bañera. Salió y se enrolló en la toalla. Miró la caja casi vacía y se dijo con disgusto, señalando la imagen borrosa del espejo:
—¡Como sigas así no cabrás por la puerta!
Se secó y se cubrió con el albornoz blanco que dejaba sus piernas al descubierto al andar y permitía a su escote asomarse al mundo exterior.
—¡Cómo salga del baño y siga dale que te pego con los muellecitos se va a enterar de quién soy yo! ¡Vaya si se entera! De esta noche no pasa. ¡Se acabó!
Se perfumó y salió al pasillo ensayando un contoneo sugerente con el que llamar la atención de Arturo.
—Si esta noche quiere hacer gimnasia, que la haga conmigo. Llevamos casi dos meses en el dique seco y ya no lo aguanto más. Y todo desde que compró el dichoso aparatito.
Abrió la puerta de la habitación y encontró a Arturo mirando la pared blanca de enfrente. Tiraba de los muelles con los dos brazos a la vez, como si quisiera arrancarlos de un solo impulso.
—Hola... —ronroneó Marta acariciándose por encima del albornoz.
Se acercó despacito moviendo las caderas como lo había ensayado en el pasillo y se puso delante de él. Le miró a los ojos y se humedeció los labios deslizando la lengua de un extremo a otro.
—¡Hola! —repitió Marta al acercarse. Dejó resbalar el albornoz de su hombro y acarició apenas con un dedo el pecho de Arturo. Pegó los labios a su oído y susurró:
—¿Por qué no vienes conmigo y hacemos ejercicio los dos juntos?
Arturo paró un momento, apartó a Marta a un lado y le respondió reanudando sus movimientos:
—Aún tengo que hacer cien más.
—¡Vete a la mierda! —masculló Marta entre dientes mientras se alejaba en dirección a la cocina.
—Uuunnoooo, doss, uuunnnooo, doosss...
Arturo estiraba los brazos hacia adelante, como remando en el aire, con la vista fija en el horizonte blanco de la pared.
—¡Ahora vas a ver! —repetía Marta una y otra vez cerrándose el albornoz mientras avanzaba por el pasillo.
Encendió la luz y fue directa al cajón de las herramientas. Sacó el destornillador más grande que había y volvió a la habitación donde sudaba Arturo.
Silenciosa, se acercó por detrás y se colocó entre los dos muelles que se encogían y se estiraban de golpe junto a sus oídos. Le miró de reojo con el destornillador en la mano.
—Uunnoo —se tensaban los muelles.
—Doooss —se relajaban de nuevo.
—Uunnoo, doooss —Arturo proseguía ajeno a todo.
Marta se encaró con la tabla y clavó la herramienta en la hendidura del tornillo.
—Ya verás —decía para sí—. Te vas a dejar los piños incrustados en la pared.
Hizo fuerza para girar el destornillador, pero el perno se negaba rotundamente a moverse.
Lo intentó cinco veces más. Probó con las dos manos. Probó hacia un lado, probó hacia el otro, dudando ya en qué sentido se desenroscan los tornillos. Probó a izquierda y a derecha.
—El maldito se resiste —contuvo su voz en un murmullo ronco.
Regresó a la cocina y se puso a hurgar en el cajón, buscando cualquier cosa que pudiese ayudarla a despegar la tabla de la pared. Por fin, enrollada en un papel de lija, encontró la solución: el bote de Tres en uno.
Volvió a la carrera a enfrentarse con aquella serpiente que se había enroscado dentro de la pared. Aplicó la boquilla a la juntura de la tuerca y apretó la espita hasta que el líquido comenzó a chorrear por la madera dando saltitos con cada tirón de los muelles.
—Uunnoo, doooss... —continuaba absorto Arturo.
Recogió con el cinturón del albornoz las gotas que resbalaban por la madera y colocó la punta del destornillador en la rendija. Agarró el mango con ambas manos, respiró hondo y presionó con fuerza hacia la izquierda conteniendo el aliento.
El tornillo continuaba obstinado en no despegarse del muro.
Soltó todo el aire de los pulmones y se quedó un momento con los brazos caídos a los lados. Se secó el sudor de la frente con la manga y volvió a rociar el metal con el spray.
Aplicó de nuevo el destornillador en su lugar. Cerró los dos puños sobre él. Tomó aire y, concentrando todas sus fuerzas, dio un tirón y giró los brazos justo en el momento en que los muelles se ablandaban junto a su cabeza.
—Dooosss —acababa de decir Arturo.
El tornillo cedió y comenzó a girar sobre sí mismo tan rápidamente que Marta no pudo agacharse antes de que Arturo dijese Uuunoo y tirase con todas sus fuerzas. La tabla saltó de la pared y chocó en la mejilla de Marta, tirándola al suelo con un crujido en la boca y la sensación de que sus dientes daban vueltas como las bolas en los bombos de la lotería.
Arturo clavó los puños en la pared astillándose los nudillos. Aun así cayó con tanta fuerza hacia adelante que su nariz chocó contra el banco de abdominales rompiéndose el tabique y rebotó en el suelo con un chichón que le tapaba los ojos. Con el estirón, su hombro izquierdo se había dislocado y, al caer, el brazo se quedó por encima de su espalda en un alarde de retorcimiento.
Quedaron inmóviles tendidos uno junto a otro, rodeados por los muelles que, por primera vez en dos meses, reposaban tranquilos y relajados estando Arturo en casa.

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