Casi todo es cuento (1996)

Cartas abiertas

Ricardo Álvarez

Eran las doce de la noche. Guillermo se encontraba sentado frente a su mesa de trabajo ante una cuartilla en blanco. Por el ventanuco de su piso abuhardillado apenas entraba claridad en aquella noche de luna llena. La única luz que iluminaba el cuarto provenía de un flexo situado encima de la mesa. Un bote con varios bolígrafos y rotuladores, a la derecha un montón de papeles escritos llenos de tachaduras, a la izquierda una caja de zapatos forrada de papel verde y bajo la pálida luz del flexo un cenicero repleto de colillas. A Guillermo le gustaba mientras viajaba por sus historias encender un pitillo y dejarlo consumir en el cenicero. Observaba como el humo azul se dirigía hacia la luz con leves oscilaciones. De vez en cuando soplaba ligeramente para ver como la columna se agitaba formando, a veces, figuras sinuosas. Así pasaba los minutos volando entre sus sueños y su pequeña columna de humo.
En el suelo una papelera repleta y rodeada de pelotas de papel, intentos fallidos de iniciar alguna historia, porque Guillermo llevaba una semana sin escribir una sola línea. Aquella noche por fin decidió ponerse a trabajar, porque ese era su oficio, escribir cuentos.
Inició el rito encendiendo un pitillo que abandonó a su suerte en el cenicero y los ojos se posaron en la caja de zapatos verde. La causante de esa semana vacía de trabajo. Fue un hallazgo. La encontró en casa de su madre el domingo pasado, cuando fue a recoger unos cuadernos que aún seguían allí desde que se independizó hacía ya tres años. Rebuscando en un aparador encontró la caja y dentro una carta amarillenta con algunos renglones emborronados por el paso del tiempo. La letra era de su padre y a modo de título en la parte superior se podía leer “Abril-1964”.
Fue por aquellos años cuando su padre decidió iniciar la vida en solitario. Guillermo apenas contaba diez meses y desde entonces, a pesar de no perder el contacto con él, notaba cómo a medida que pasaban los años sentía que la distancia entre los dos aumentaba. No el espacio físico, porque le veía a menudo, pero sí una cierta fisura en el corazón.
En muchas ocasiones le hubiese gustado contar con él, tenerle delante para hablar de muchas cosas. Encrucijadas de la vida en las que sus consejos habrían tenido valor. Preguntarle muchos porqués. Pero no se atrevía, le creía muy lejos. En su cerebro se agolpaban los recuerdos, momentos en los que la ausencia de su padre fue significativa.
La columna de humo ascendía uniforme hacia la luz y Guillermo la sopló ligeramente. Recordó aquel partido de fútbol cuando tenía once años y gracias a los dos goles que metió, su equipo ganó la liga del distrito. ¡Cuánto le hubiese gustado ver entre la multitud a su padre! Pero no apareció. Guillermo cogió el cigarrillo, dio una calada y lo aplastó en el cenicero.
Seguía con los ojos fijos en la caja verde. Levantó la tapa y sacó la carta. Esas cuartillas descoloridas le mostraban una imagen desconocida de su padre. Hasta hace una semana había creído que era un hombre duro, frío, distante. Pero en los últimos siete días había descubierto una faceta nueva. Leyó la carta tantas veces que casi sabía de memoria cada línea. Encendió otro pitillo depositándolo en el cenicero y comenzó a leer la carta de nuevo.

“Abril-1964
Estás en mis brazos y aún me sorprendo ante esos dos cañones lanzando fuego vital, inundando mi alma.
Miras sin ver. Y parece como si todo lo angelical y bello del mundo brillase en tus pupilas grises. Con gesto sin preparar, natural como el rocío temprano, creas a tu alrededor una aureola de dulzura y magia, de la que difícilmente puede uno escapar.
Aún no estás domesticado, aún eres radiante, real y crudo. Con tu alma entera y frágil haces desaparecer cualquier pena. Como un antídoto universal para todo tipo de veneno espiritual, apareces triunfante como un caballero ante su dama en apuros. Y así me rescatas de la soledad. Con tu risa desdentada. Con tu estar espontáneo.
Tu corazón diminuto bombea cariño a raudales y es capaz de mover engranajes tan complejos como los sentimientos adultos, domesticados, encerrados por unos límites invisibles, pero no por eso menos férreos. Tu rostro es capaz, por un momento, y mientras mis brazos te arrullan de endulzar toda la hiel acumulada en mi corazón durante años.
Tu cuerpecito rechoncho y suave cuando está desnudo, caliente si lo estrecho contra el mío, actúa como un bálsamo que aligera y desintoxica mi cuerpo inundándolo con tu saliva de miel.
Entonces, cuando te tengo entre mis brazos, creo viajar en el espacio, vuelo pegado a ti, no como dos cuerpos, si no como un solo ser, conjugación del deseo y la esperanza. Fuentes de la vida.
Probablemente jamás leas estas líneas. El tiempo que a ti te endurecerá, difuminará esta noche y este papel envejecerá y no tendrá valor. Pero hoy, ahora, es mi corazón el que gorgojea sólo con tu imagen. En estas cuatro letras vomito toda la alegría que te deseo en esta vida. Si por casualidad cayeran en tus manos, sepas, ya que no podrás recordar que una noche, volaste pegado a mí por el universo, y en ese viaje nos trajimos una buena dosis de ternura, y si buscas dentro de ti descubrirás algo tan grande y bello que serás capaz de ser feliz y hacer felices a los que te rodean.
Tu corazón es la fuente, tu ternura es el cauce. Cuídalos.”

El cigarrillo sobre el cenicero ya se había consumido y una larga estela de ceniza colgaba flácida del filtro. Guillermo terminó de leer la carta como siempre, con los ojos humedecidos.
Su padre imaginó que nunca leería esas páginas, pero estaba equivocado. El destino y la casualidad se unieron para mostrar a Guillermo una noche de hace treinta y dos años, que naturalmente no recordaba, junto a su padre.
Por eso durante los últimos siete días le hubiese gustado más que nunca poder tenerle delante para explicarle que sí, que no sólo recordaba la dulzura de la infancia, también había sabido dar cauce a su ternura, y que precisamente su trabajo consistía en repartir ilusión a otras personas.
Guillermo plegó la carta y volvió a guardarla en la caja verde. Encendió otro cigarro. Tomó un bolígrafo del bote y comenzó a escribir una carta. Su título: “Carta abierta a mi padre”.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro