Casi todo es cuento (1996)

Ir muriendo

Ana Álvarez Sierra

Al salir del metro, Santiago se subió el cuello de la chaqueta de pana, se cubrió la cara con la bufanda marrón. Metió sus manos en los bolsillos y encogió los hombros mientras comenzaba a andar manteniendo la vista en la acera. Pensó que antes de irse a casa, mientras esperaba que María tuviera preparada la comida, compraría el periódico y lo leería en la cafetería de la esquina mientras tomaba un cafe. Se detuvo antes en el quiosco y como siempre, el quiosquero le explicó detalladamente y con rigurosa morbosidad los sucesos del día anterior.
Hizo caso omiso a los irónicos comentarios del quiosquero y se dirigió a la cafetería deteniéndose antes en el estanco para comprar un paquete de cigarrillos. Como había estado sucediendo durante toda la semana, a media mañana comenzó a llover. Pasó por delante de un minusválido y giró la vista. El que pidiera limosna le hacía sentirse decepcionado consigo mismo.
Entró y saludó a Óscar. Pidió un cortado y mientras esperaba a que se lo sirviesen se quedó absorto mirando hacia la ventana, observó cómo las gotas de lluvia se deslizaban por el sucio cristal, la calle estaba prácticamente vacía. Cuando le dieron el café fue andando lentamente, fijando la mirada en la taza pues temía tirarla y hacer el ridículo.
Escogió un sitio y antes de sentarse escuchó su nombre, sentado detrás de él un anciano bebía whisky y le observaba detenidamente con una expresión irónica mientras apuraba una colilla. Santiago, incapaz de reconocerlo, pensó que simplemente sería alguien que le había visto en la televisión, pero aquella mirada pausada, ausente, le recordaba algo.
El hombre se encendió otro cigarro y, adivinando lo que había dentro de su mente, dijo:
—Soy Jaime. Te salvé la vida hace cincuenta y siete años.
Santiago era incapaz de asimilar lo que estaba oyendo. Miró hacia su alrededor, temeroso de que alguien les estuviera mirando, pero la cafetería estaba vacía y Oscar estaba leyendo el periódico. No podía creer que aquel hombre realmente fuera Jaime, sintió deseos de hechar el tiempo hacia atrás, haberse ido directamente a casa, con María y no haber entrado jamás en la cafetería. Deseó más que nunca estar con su mujer, abrazarla, verse protegido, pero de nuevo los recuerdos le hacían sentirse débil, indefenso y terriblemente atemorizado.
Paralizado, reaccionó cuando Jaime, sin inmutarse, le invitó a sentarse con él. Cogió la taza de café y la puso sobre la mesa, se quitó la chaqueta y la bufanda y las colocó en el respaldo de la silla.
Sentía que no controlaba la situación y eso le provocaba un malestar que traspasaba la mera inquietud. Notó cómo su corazón latía con fuerza, cómo no podía relajar sus manos. Quiso salir corriendo, aún así se sentó frente a Jaime.
—Cuánto tiempo, ¿verdad?
Santiago, incapaz de contener su nerviosismo y desconcertado ante aquella extraña situación se encendió un cigarro. Los recuerdos, las imágenes del pasado se agolpaban en su mente. Se sentía desamparado y la inferioridad que le provocaba la presencia de Jaime le impedía decir algo inteligente.
—¿Recuerdas a Alfonso? —Santiago afirmó con la cabeza—. Murió —le espetó Jaime—. Los que no lo hicieron en la guerra, han muerto hace poco, y a nosotros no nos queda ya mucho que hacer.
Santiago se sentía perdido, le incomodaba la situación y sobre todo, la manera como Jaime la estaba afrontando.
—Mira, realmente no entiendo a que viene todo esto —le interrumpió, intentando autoconvencerse de que podía tomar las riendas y tratando de dar una imagen de cierta superioridad.
Jaime se encendió pausadamente un cigarrillo y entre el desprecio y la lástima, preguntó:
—¿Has vuelto a pensar en aquel cuatro de abril?
Santiago encogió el estómago y quiso huir, apretó con fuerza el cigarro y encogió las manos tratando de contener la angustia ante aquella pregunta. Hubiera querido llorar, gritar de rabia y se imaginó a sí mismo suplicándole a Jaime que le permitiera marcharse, olvidar aquella conversación y pudo oír, en silencio, en su interior, su propia voz rogando a un dios en el que jamas había creído. Aquella voz era el alarido más silencioso, profundo y doloroso que jamás había sentido, un dolor que le oprimía como una homicida enredadera entrelazándose por todo su cuerpo. Le ahogaba. Trepaba hasta sus ojos y no le permitía llorar, y aquellas lágrimas ausentes caían hacia el interior como una enfurecida tormenta de verano.
Se encendió otro cigarro, tocó la taza de café, ya fría y se lo bebió de un trago. Intentó mirar a Jaime directamente a los ojos, pero se sintió tan derrotado que fue incapaz de alzar la vista. Entonces Jaime continuó con un desdén irónico e indiferente:
—¿Sabes? Todavía sonrío cuando recuerdo la expresión de tu cara cuando te besé.
Santiago, sintiendo que nada de lo que dijera Jaime le podría hacer sufrir más, le miró fijamente a los ojos y trató de decir algo, pero temía que el dolor le traicionase y lo único que pudo hacer fue mirar de nuevo hacia la ventana, viendo cómo las gotas de lluvia, impotentes ante la furia del viento, morían en el cristal.
Jaime sonrió y continuó hablando. Santiago hubiera preferido que le gritara o que se dirigiera a él con desdén, pero mantenía una actitud que rozaba la pasividad, la indiferencia.
—Mi primera reacción fue marcharme, irme lo más lejos posible. Sólo quería salir de aquí, no sé, olvidarlo todo. Todo me estaba atormentando y sentí que en cualquier momento explotaría. A veces creo que lo único que pretendía era olvidarte.
A medida que hablaba, pronunciaba cada palabra con un desprecio que iba en aumento. Notó cómo Santiago se ruborizaba. Cómo de nuevo recorría la cafetería con la mirada, temiendo que alguien le reconociera y escuchara la conversación. Pero disfrutaba con su dolor y prosiguió:
—Me sentía completamente perdido. Todo lo que veía a mi alrededor estaba basado en valores que no tenían ningún sentido para mí. No dejaba de preguntarme qué acto tan sumamente horrible y denigrante cometí que merecía el desprecio, el odio de todo el mundo pero, sobre todo, me preguntaba... realmente no entendía por qué me decías que debíamos olvidarlo, que era mejor fingir. Yo no podía, no podía ni quería anular todo aquello que sentía. Me niego.
Santiago no quiso decir nada. Se sentía tan desolado que sabía que la voz se le quebraría; se negaba, como había hecho siempre, a llorar, a desahogarse. Tras beberse de un trago lo que le quedaba en el vaso, Jaime pidió otro whisky a Óscar.
—Después me enteré de que te habías casado —la expresión de sorpresa de Santiago le hizo soltar una profunda carcajada.
Comenzó entonces a pensar que aquel encuentro no había sido fortuito, que Jaime le había estado buscando. Pero no podía entender porqué había tardado tantos años. Se encendió otro cigarro y esperó angustiado mientras Jaime continuaba.
—Lo he ido sabiendo todo sobre ti —el camarero le traía el whisky y Santiago pidió otro para él. Jaime apagó el cigarro, aún sin terminar, en el cenicero y bebió un trago. Le enfurecía la posibilidad de perder el control de una situación tantas veces ensayada.
—Me obsesioné con el suicidio, supongo que creí que sólo así llamaría tu atención —afirmó rebelándose ante la idea de debilitarse—, pero en definitiva lo único que conseguí fue acabar en una casa de reposo. Nadie entendía que no estaba enfermo ni loco. Me había enamorado de ti y no podía esconderlo. Lo único que hice fue mostrarme tal y como soy, aceptándome.
Santiago intentó interrumpirle, pero siempre había envidiado a aquellas personas que no temían mostrar su propia realidad, a aquellos que no necesitaban, como él, utilizar ningún tipo de máscara para ser aceptados.
—Me dejaron salir y por fin comprendí que para seguir adelante tenía que comportarme como un hipócrita, así que me casé y tuve dos hijos. Cuando leí tu primer libro fue cuando realmente te comencé a despreciar... Tu hipocresía, tu cinismo, tu parecer y no ser.
Santiago hizo entonces ademán de levantarse. No quería seguir escuchando algo que ya de antemano sabía de sí mismo, pero Jaime le pidió que no se fuera:
—Ya acabo —le dijo.
Se sentía completamente aterrorizado, pero en el fondo sabía que ya no podía seguir huyendo.
—He venido simplemente a decirte que he contado tu historia, la verdad, a una revista. Que aunque es algo que nunca he aceptado y de lo cual no me siento orgulloso, eres tú quien me lo ha enseñado.
Santiago clavó su mirada en el vaso, miró hacia la ventana. Pudo ver que ya no llovía y que el sol iluminaba de nuevo la calle.
—¿Qué es lo que más odias de mí? —preguntó mirándole fijamente tras beberse de un trago el wkisky.
Jaime se levantó, se puso tranquilamente la chaqueta, se acercó a Santiago manteniéndole la mirada; los ojos le comenzaron a brillar y, sin secarse las lágrimas, se agachó y le besó.

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