Al salir del
metro, Santiago se subió el cuello de la chaqueta de pana, se
cubrió la cara con la bufanda marrón. Metió sus
manos en los bolsillos y encogió los hombros mientras comenzaba
a andar manteniendo la vista en la acera. Pensó que antes de
irse a casa, mientras esperaba que María tuviera preparada la
comida, compraría el periódico y lo leería en la
cafetería de la esquina mientras tomaba un cafe. Se detuvo antes
en el quiosco y como siempre, el quiosquero le explicó detalladamente
y con rigurosa morbosidad los sucesos del día anterior.
Hizo caso omiso a los irónicos comentarios del quiosquero y se
dirigió a la cafetería deteniéndose antes en el
estanco para comprar un paquete de cigarrillos. Como había estado
sucediendo durante toda la semana, a media mañana comenzó
a llover. Pasó por delante de un minusválido y giró
la vista. El que pidiera limosna le hacía sentirse decepcionado
consigo mismo.
Entró y saludó a Óscar. Pidió un cortado
y mientras esperaba a que se lo sirviesen se quedó absorto mirando
hacia la ventana, observó cómo las gotas de lluvia se
deslizaban por el sucio cristal, la calle estaba prácticamente
vacía. Cuando le dieron el café fue andando lentamente,
fijando la mirada en la taza pues temía tirarla y hacer el ridículo.
Escogió un sitio y antes de sentarse escuchó su nombre,
sentado detrás de él un anciano bebía whisky y
le observaba detenidamente con una expresión irónica mientras
apuraba una colilla. Santiago, incapaz de reconocerlo, pensó
que simplemente sería alguien que le había visto en la
televisión, pero aquella mirada pausada, ausente, le recordaba
algo.
El hombre se encendió otro cigarro y, adivinando lo que había
dentro de su mente, dijo:
Soy Jaime. Te salvé la vida hace cincuenta y siete años.
Santiago era incapaz de asimilar lo que estaba oyendo. Miró hacia
su alrededor, temeroso de que alguien les estuviera mirando, pero la
cafetería estaba vacía y Oscar estaba leyendo el periódico.
No podía creer que aquel hombre realmente fuera Jaime, sintió
deseos de hechar el tiempo hacia atrás, haberse ido directamente
a casa, con María y no haber entrado jamás en la cafetería.
Deseó más que nunca estar con su mujer, abrazarla, verse
protegido, pero de nuevo los recuerdos le hacían sentirse débil,
indefenso y terriblemente atemorizado.
Paralizado, reaccionó cuando Jaime, sin inmutarse, le invitó
a sentarse con él. Cogió la taza de café y la puso
sobre la mesa, se quitó la chaqueta y la bufanda y las colocó
en el respaldo de la silla.
Sentía que no controlaba la situación y eso le provocaba
un malestar que traspasaba la mera inquietud. Notó cómo
su corazón latía con fuerza, cómo no podía
relajar sus manos. Quiso salir corriendo, aún así se sentó
frente a Jaime.
Cuánto tiempo, ¿verdad?
Santiago, incapaz de contener su nerviosismo y desconcertado ante aquella
extraña situación se encendió un cigarro. Los recuerdos,
las imágenes del pasado se agolpaban en su mente. Se sentía
desamparado y la inferioridad que le provocaba la presencia de Jaime
le impedía decir algo inteligente.
¿Recuerdas a Alfonso? Santiago afirmó con
la cabeza. Murió le espetó Jaime. Los
que no lo hicieron en la guerra, han muerto hace poco, y a nosotros
no nos queda ya mucho que hacer.
Santiago se sentía perdido, le incomodaba la situación
y sobre todo, la manera como Jaime la estaba afrontando.
Mira, realmente no entiendo a que viene todo esto le interrumpió,
intentando autoconvencerse de que podía tomar las riendas y tratando
de dar una imagen de cierta superioridad.
Jaime se encendió pausadamente un cigarrillo y entre el desprecio
y la lástima, preguntó:
¿Has vuelto a pensar en aquel cuatro de abril?
Santiago encogió el estómago y quiso huir, apretó
con fuerza el cigarro y encogió las manos tratando de contener
la angustia ante aquella pregunta. Hubiera querido llorar, gritar de
rabia y se imaginó a sí mismo suplicándole a Jaime
que le permitiera marcharse, olvidar aquella conversación y pudo
oír, en silencio, en su interior, su propia voz rogando a un
dios en el que jamas había creído. Aquella voz era el
alarido más silencioso, profundo y doloroso que jamás
había sentido, un dolor que le oprimía como una homicida
enredadera entrelazándose por todo su cuerpo. Le ahogaba. Trepaba
hasta sus ojos y no le permitía llorar, y aquellas lágrimas
ausentes caían hacia el interior como una enfurecida tormenta
de verano.
Se encendió otro cigarro, tocó la taza de café,
ya fría y se lo bebió de un trago. Intentó mirar
a Jaime directamente a los ojos, pero se sintió tan derrotado
que fue incapaz de alzar la vista. Entonces Jaime continuó con
un desdén irónico e indiferente:
¿Sabes? Todavía sonrío cuando recuerdo la
expresión de tu cara cuando te besé.
Santiago, sintiendo que nada de lo que dijera Jaime le podría
hacer sufrir más, le miró fijamente a los ojos y trató
de decir algo, pero temía que el dolor le traicionase y lo único
que pudo hacer fue mirar de nuevo hacia la ventana, viendo cómo
las gotas de lluvia, impotentes ante la furia del viento, morían
en el cristal.
Jaime sonrió y continuó hablando. Santiago hubiera preferido
que le gritara o que se dirigiera a él con desdén, pero
mantenía una actitud que rozaba la pasividad, la indiferencia.
Mi primera reacción fue marcharme, irme lo más lejos
posible. Sólo quería salir de aquí, no sé,
olvidarlo todo. Todo me estaba atormentando y sentí que en cualquier
momento explotaría. A veces creo que lo único que pretendía
era olvidarte.
A medida que hablaba, pronunciaba cada palabra con un desprecio que
iba en aumento. Notó cómo Santiago se ruborizaba. Cómo
de nuevo recorría la cafetería con la mirada, temiendo
que alguien le reconociera y escuchara la conversación. Pero
disfrutaba con su dolor y prosiguió:
Me sentía completamente perdido. Todo lo que veía
a mi alrededor estaba basado en valores que no tenían ningún
sentido para mí. No dejaba de preguntarme qué acto tan
sumamente horrible y denigrante cometí que merecía el
desprecio, el odio de todo el mundo pero, sobre todo, me preguntaba...
realmente no entendía por qué me decías que debíamos
olvidarlo, que era mejor fingir. Yo no podía, no podía
ni quería anular todo aquello que sentía. Me niego.
Santiago no quiso decir nada. Se sentía tan desolado que sabía
que la voz se le quebraría; se negaba, como había hecho
siempre, a llorar, a desahogarse. Tras beberse de un trago lo que le
quedaba en el vaso, Jaime pidió otro whisky a Óscar.
Después me enteré de que te habías casado
la expresión de sorpresa de Santiago le hizo soltar una
profunda carcajada.
Comenzó entonces a pensar que aquel encuentro no había
sido fortuito, que Jaime le había estado buscando. Pero no podía
entender porqué había tardado tantos años. Se encendió
otro cigarro y esperó angustiado mientras Jaime continuaba.
Lo he ido sabiendo todo sobre ti el camarero le traía
el whisky y Santiago pidió otro para él. Jaime apagó
el cigarro, aún sin terminar, en el cenicero y bebió un
trago. Le enfurecía la posibilidad de perder el control de una
situación tantas veces ensayada.
Me obsesioné con el suicidio, supongo que creí que
sólo así llamaría tu atención afirmó
rebelándose ante la idea de debilitarse, pero en definitiva
lo único que conseguí fue acabar en una casa de reposo.
Nadie entendía que no estaba enfermo ni loco. Me había
enamorado de ti y no podía esconderlo. Lo único que hice
fue mostrarme tal y como soy, aceptándome.
Santiago intentó interrumpirle, pero siempre había envidiado
a aquellas personas que no temían mostrar su propia realidad,
a aquellos que no necesitaban, como él, utilizar ningún
tipo de máscara para ser aceptados.
Me dejaron salir y por fin comprendí que para seguir adelante
tenía que comportarme como un hipócrita, así que
me casé y tuve dos hijos. Cuando leí tu primer libro fue
cuando realmente te comencé a despreciar... Tu hipocresía,
tu cinismo, tu parecer y no ser.
Santiago hizo entonces ademán de levantarse. No quería
seguir escuchando algo que ya de antemano sabía de sí
mismo, pero Jaime le pidió que no se fuera:
Ya acabo le dijo.
Se sentía completamente aterrorizado, pero en el fondo sabía
que ya no podía seguir huyendo.
He venido simplemente a decirte que he contado tu historia, la
verdad, a una revista. Que aunque es algo que nunca he aceptado y de
lo cual no me siento orgulloso, eres tú quien me lo ha enseñado.
Santiago clavó su mirada en el vaso, miró hacia la ventana.
Pudo ver que ya no llovía y que el sol iluminaba de nuevo la
calle.
¿Qué es lo que más odias de mí? preguntó
mirándole fijamente tras beberse de un trago el wkisky.
Jaime se levantó, se puso tranquilamente la chaqueta, se acercó
a Santiago manteniéndole la mirada; los ojos le comenzaron a
brillar y, sin secarse las lágrimas, se agachó y le besó.