Casi todo es cuento (1996)

Incertidumbre

Mª Dolores Andrés

A las nueve menos diez subió al tren Madrid-Santander con una ligera bolsa de viaje en la mano. El vagón estaba casi vacío. A la izquierda, una pareja joven conversaba con desenfado. Buscó su asiento y descubrió que en el de al lado, junto a la ventana, un hombre hojeaba el periódico.
Intentó colocar la bolsa en el estante lateral, sobre los asientos, pero estaba demasiado alto. La ayudó el hombre del periódico que se había levantado. Tendría unos treinta años, vestía vaqueros y camisa de cuadros pequeños. Aparentemente normal, sin embargo, su mirada la turbó.
Se sentaron el uno junto al otro, en silencio. Él volvió a tomar su diario. Se detuvo en la necrología. Ella sintió escalofríos. Tendría que compartir con él todo el viaje.
El tren se puso en marcha. Dejaron atrás la maraña de vías de la estación de Chamartín. Sacó del bolso un espejo y se retocó los labios, pintados de color vino burdeos. Se apretó las horquillas que le sobresalían del moño. Buscó el perfumador y se puso unas gotas de Edén sobre las muñecas.
Presintió que el hombre de la derecha la observaba. Un vistazo por el rabillo del ojo y comprobó que estaba inquieto. No se atrevió a mirarle abiertamente porque intuía que iba a iniciar una conversación que ella no quería mantener.
Pasó el revisor solicitándoles los billetes y otro empleado de Renfe repartiendo unos auriculares azules a cada uno de los viajeros. Antes de abrir la bolsa de plástico transparente que los envolvía, su compañero la abordó:
—Yo te conozco de algo —le dijo sonriendo.
—No lo creo, lo recordaría —contestó ella tajante.
—Rara vez se me olvida una cara —continuó él sin dejar de mirarla—. ¿Cómo te llamas?
—Mercedes —respondió ella con desgana.
—Yo soy Alfonso.
Hubo un momento de silencio y Alfonso comenzó a mover la pierna derecha convulsivamente.
—Deja de mover la pierna, me estás poniendo nerviosa —pidió Mercedes alzando un poco la voz.
—No puedo evitarlo, hace más de un mes que apenas duermo, y cada vez estoy más alterado —contestó él tratando de calmarse.
Siguió relatando Alfonso como había llegado a ese estado, y Mercedes lo escuchaba con interés creciente.
Alfonso trabajaba en la cafetería Manila, en la Gran Vía. Allí iban a desayunar un grupo de chicas que debían de trabajar en una oficina cercana. Todo iba bien, hasta que una de ellas, comenzó a ir cada tarde, a la salida del trabajo, a ver a Alfonso.
Al principio le gustaba, siempre estaba de buen humor. Se tomaba algo, charlaban un rato y se marchaba. Poco a poco se fue quedando cada vez más tiempo. Se volvió más absorbente. A ella le molestaba que hablase con otras clientes.
Así pasaron unos meses. No podía soportarla más. Temía que llegasen las seis de la tarde y, cuando la veía entrar se enfurecía. Habló con ella para pedirle que no fuese por allí, que no quería verla. Pero ella siguió acudiendo cada mañana y cada tarde, como si no hubiese oído nada. Ni siquiera le importaba que la tratase mal.
Un día, harto de esa situación, Alfonso la invitó a un cóctel especial. No la volvió a ver más, y lejos de alegrarse, aquí empezó un calvario que aún no ha concluido.
El tren se detuvo. A través de la ventanilla, podía verse la estación de Ávila.
Alfonso esperó durante tres días noticias de su amiga. Desconocía lo que había pasado y no se atrevió a preguntárselo a sus compañeras de trabajo. A veces, pensaba que podía haberla matado y la angustia se apoderaba de él. Se despidió de la cafetería donde trabajaba, con la intención de olvidar, pero había sido inútil. Cada día miraba la lista de fallecidos en el periódico por si encontraba su nombre, sin que hasta el momento lo hubiese visto. Pensar que no la había pasado nada no le consolaba por mucho tiempo. La duda le volvía a asaltar.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Mercedes temiendo la respuesta.
—Mónica —respondió Alfonso con tristeza.
Mercedes se puso tensa, notó que le faltaba el aire. Tenía que salir de allí.
—Voy a tomar un café —dijo levantándose.
—Te acompaño —dijo él, siguiéndola.
Ahora lo recordaba, había visto a ese hombre una sola vez. Ella nunca salía a desayunar. Se preparaba un café en la cafetera de la oficina y se lo tomaba mientras trabajaba. Un día bajó con Mónica y María a la cafetería Manila. El camarero las saludó, conocía sus nombres, pero ella apenas se fijó en él. Además, ahora estaba mucho más delgado y no recordaba esas ojeras tan profundas.
De pronto, vinieron a su mente un montón de imágenes atropelladas. La llamada al timbre. Mónica muy pálida y con un terrible dolor de estómago. La llegada al Equipo Quirúrgico de la calle Montesa. Su traslado a la clínica Rúber. La operación por la perforación de estómago.
El vagón-cafetería estaba vacío.
—Tienes mala cara. ¿Te encuentras bien? —preguntó Alfonso preocupado.
—Sí, debe ser una bajada de tensión —mintió Mercedes—, me pasa a menudo.
—Por favor, póngame un café solo —pidió al señor que estaba detrás de la barra.
—A mí, ron con limón —añadió Alfonso.
Una niebla espesa impedía ver el paisaje. Quería estar sola. Tenía dolor de cabeza. Era todo tan confuso. Quiso borrar de su mente ese viaje tan absurdo y sólo una cosa tenía clara: no volvería en tren.
Si no estuviese viendo a Alfonso con esa cara de pena, podría pensar que había sido un sueño. Pero allí estaba él, sentado en el taburete de la cafetería, rozando el suelo con la punta del zapato, agarrado al vaso de tubo, bebiendo con ansiedad mientras se le consumía el cigarrillo en el cenicero, la mirada lanzada desde los ojos hundidos perdida en el vacío.
Mercedes dudó un momento y decidió que se mantuviese la intriga. No sería ella quién le aclarase la situación. Se apeó en Valladolid.
Mercedes me ha llamado esta misma tarde.
—Mónica, tengo que hablar contigo —me ha dicho un poco acelerada.
—¿No me lo puedes contar en la oficina?
—No, voy a tu casa ahora.
—Esta bien, me estás intrigando —y he colgado.
Ahora que Mercedes me ha contado todo, no sé si buscar a Alfonso o dejar las cosas como están. Lo pensaré despacio.

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