Casi todo es cuento (1996)

Muchos kilos de felicidad

Ángeles Aragón

Maribel salió de casa, dio dos vueltas de llave a la cerradura y se dirigió a la parada de autobús situada un poco más arriba de la calle. Esperó de pie a que llegara el número 38 y, cuando se abrieron las puertas, se puso de medio lado y, no sin esfuerzo, consiguió introducir en el vehículo sus ciento veinte kilos de humanidad. Su mole inmensa avanzó por el pasillo como una apisonadora y se colocó al fin en la parte central, milagrosamente libre.
Si captó las miradas de lástima que le dirigían los pasajeros delgados, no dio muestras de ello, ni la inmutaron tampoco las chispas de rabia que brotaban de los ojos de los que, gordos sin llegar a obesos, parecían tomarse aquel exceso de carnes como un insulto. Permaneció impertérrita, inmóvil, sin que el óvalo enorme de su rostro denotara otra emoción que una tranquila satisfacción.
Un poco antes de que el autobús llegara a su parada, levantó el brazo para tocar el timbre y adelantó dos pasos en dirección a la puerta, por la que logró salir unos instantes después sin daños aparentes. Un jadeo apenas perceptible y un rostro ligeramente enrojecido eran las únicas pruebas del esfuerzo que acababa de realizar.
Recorrió sin apresurarse los doscientos metros que la separaban de la clínica de adelgazamiento Adelzur y se sentó en uno de los sofás de la antesala a la espera de que la enfermera la condujera a la báscula.
Cuando oyó abrirse la puerta de su consulta, el doctor Ripolles levantó la vista de los papeles que cubrían su mesa y miró con resignación a su paciente antes de ponerse en pie y tenderle la mano.
—Buenos, días, señora Castro. Acabo de estudiar su gráfico. Esta semana ha engordado usted medio kilo más.
Maribel sonrió con calma.
—Lo sé —vio el ceño fruncido del otro—. Pero le aseguro que he hecho todo lo que me pidió —se apresuró a añadir—. He tomado las pastillas y seguido estrictamente el régimen de comida.
El endocrinólogo la contempló un momento con aire pensativo.
—Señora, no le niego que es usted un reto para mí. Desde que vino a esta clínica hace ya dos años, no sólo no hemos conseguido que adelgace un gramo, sino que su peso ha aumentado considerablemente —guardó silencio y miró los papeles que tenía ante sí—. Creo que he descubierto cuál es su problema —masculló— y le aseguro que es extremadamente raro.
—Vamos, doctor —lo animó la mujer—. No será para tanto. ¿De qué se trata? ¿Es un desequilibrio hormonal?
El médico levantó la vista y contempló un buen rato los ojos marrones y serenos de la mujer.
—En cierto modo, sí —musitó al fin—. Hay una hormona que su cuerpo produce en cantidades excepcionales y que, en usted, altera el equilibrio de todas las demás —hizo una pausa—. Me estoy refiriendo a la melatonina. Podríamos decir, señora Castro, que a usted le engorda la felicidad.
Maribel estaba sentada en la sala de estar de su casa con un álbum de fotos en las rodillas. Anochecía ya, así que tendió la mano para encender la lámpara de pie colocada al lado del sofá. Pasó una página y contempló una instantánea de Eduardo y ella tomada diez años atrás en la playa de Gandía, el lugar donde se conocieron. Su marido, alto y enjuto, sonreía bajo el bigote con ojos chispeantes. A su lado, Maribel, una sílfide bajita y delgada, lucía una melena castaña larguísima y un bañador estampado en tonos rosa y malva que acentuaba todavía más su aire de ninfa.
Pasó unas cuantas páginas del álbum y sus ojos se posaron sonrientes sobre una foto cinco años posterior, tomada en la boda de la hermana de él. Eduardo, con entradas en la frente, colocaba un brazo orgulloso sobre los hombros de una mujer rolliza y guapetona: Maribel.
Contempló varias fotos más, testigos directos del aumento de su felicidad, y después suspiró, cerró el álbum y se acercó a la cocina a preparar los manjares que había comprado aquella mañana al volver de la clínica.
Sacó del frigorífico el redondo de ternera que dejara en adobo tres horas antes y lo introdujo en el horno. Peló patatas, zanahorias y guisantes y los puso a hervir. Metió luego un bizcocho de chocolate en el microondas y, mientras esperaba a que estuviera listo, preparó con azúcar glaseada unos pétalos de flores para decorarlo.
Tenía ya las verduras aderezadas y el bizcocho a punto, cuando oyó la llave de Eduardo en la cerradura. Sacó una botella de Cava del frigorífico y la depositó en la sala de estar al lado de una bandeja con dos copas.
Su marido entró en la estancia y arrugó la nariz, quizá para captar mejor el inusual aroma procedente de la cocina.
—¿Qué celebramos? —preguntó sorprendido.
—Algo muy especial —declaró ella, sonriente—. Una compatibilidad muy rara.
—¿De qué?
Maribel empujó la botella contra el enorme estómago de él.
—De felicidad —susurró.

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