Maribel salió
de casa, dio dos vueltas de llave a la cerradura y se dirigió
a la parada de autobús situada un poco más arriba de la
calle. Esperó de pie a que llegara el número 38 y, cuando
se abrieron las puertas, se puso de medio lado y, no sin esfuerzo, consiguió
introducir en el vehículo sus ciento veinte kilos de humanidad.
Su mole inmensa avanzó por el pasillo como una apisonadora y
se colocó al fin en la parte central, milagrosamente libre.
Si captó las miradas de lástima que le dirigían
los pasajeros delgados, no dio muestras de ello, ni la inmutaron tampoco
las chispas de rabia que brotaban de los ojos de los que, gordos sin
llegar a obesos, parecían tomarse aquel exceso de carnes como
un insulto. Permaneció impertérrita, inmóvil, sin
que el óvalo enorme de su rostro denotara otra emoción
que una tranquila satisfacción.
Un poco antes de que el autobús llegara a su parada, levantó
el brazo para tocar el timbre y adelantó dos pasos en dirección
a la puerta, por la que logró salir unos instantes después
sin daños aparentes. Un jadeo apenas perceptible y un rostro
ligeramente enrojecido eran las únicas pruebas del esfuerzo que
acababa de realizar.
Recorrió sin apresurarse los doscientos metros que la separaban
de la clínica de adelgazamiento Adelzur y se sentó en
uno de los sofás de la antesala a la espera de que la enfermera
la condujera a la báscula.
Cuando oyó abrirse la puerta de su consulta, el doctor Ripolles
levantó la vista de los papeles que cubrían su mesa y
miró con resignación a su paciente antes de ponerse en
pie y tenderle la mano.
Buenos, días, señora Castro. Acabo de estudiar su
gráfico. Esta semana ha engordado usted medio kilo más.
Maribel sonrió con calma.
Lo sé vio el ceño fruncido del otro.
Pero le aseguro que he hecho todo lo que me pidió se apresuró
a añadir. He tomado las pastillas y seguido estrictamente
el régimen de comida.
El endocrinólogo la contempló un momento con aire pensativo.
Señora, no le niego que es usted un reto para mí.
Desde que vino a esta clínica hace ya dos años, no sólo
no hemos conseguido que adelgace un gramo, sino que su peso ha aumentado
considerablemente guardó silencio y miró los papeles
que tenía ante sí. Creo que he descubierto cuál
es su problema masculló y le aseguro que es extremadamente
raro.
Vamos, doctor lo animó la mujer. No será
para tanto. ¿De qué se trata? ¿Es un desequilibrio
hormonal?
El médico levantó la vista y contempló un buen
rato los ojos marrones y serenos de la mujer.
En cierto modo, sí musitó al fin. Hay
una hormona que su cuerpo produce en cantidades excepcionales y que,
en usted, altera el equilibrio de todas las demás hizo
una pausa. Me estoy refiriendo a la melatonina. Podríamos
decir, señora Castro, que a usted le engorda la felicidad.
Maribel estaba sentada en la sala de estar de su casa con un álbum
de fotos en las rodillas. Anochecía ya, así que tendió
la mano para encender la lámpara de pie colocada al lado del
sofá. Pasó una página y contempló una instantánea
de Eduardo y ella tomada diez años atrás en la playa de
Gandía, el lugar donde se conocieron. Su marido, alto y enjuto,
sonreía bajo el bigote con ojos chispeantes. A su lado, Maribel,
una sílfide bajita y delgada, lucía una melena castaña
larguísima y un bañador estampado en tonos rosa y malva
que acentuaba todavía más su aire de ninfa.
Pasó unas cuantas páginas del álbum y sus ojos
se posaron sonrientes sobre una foto cinco años posterior, tomada
en la boda de la hermana de él. Eduardo, con entradas en la frente,
colocaba un brazo orgulloso sobre los hombros de una mujer rolliza y
guapetona: Maribel.
Contempló varias fotos más, testigos directos del aumento
de su felicidad, y después suspiró, cerró el álbum
y se acercó a la cocina a preparar los manjares que había
comprado aquella mañana al volver de la clínica.
Sacó del frigorífico el redondo de ternera que dejara
en adobo tres horas antes y lo introdujo en el horno. Peló patatas,
zanahorias y guisantes y los puso a hervir. Metió luego un bizcocho
de chocolate en el microondas y, mientras esperaba a que estuviera listo,
preparó con azúcar glaseada unos pétalos de flores
para decorarlo.
Tenía ya las verduras aderezadas y el bizcocho a punto, cuando
oyó la llave de Eduardo en la cerradura. Sacó una botella
de Cava del frigorífico y la depositó en la sala de estar
al lado de una bandeja con dos copas.
Su marido entró en la estancia y arrugó la nariz, quizá
para captar mejor el inusual aroma procedente de la cocina.
¿Qué celebramos? preguntó sorprendido.
Algo muy especial declaró ella, sonriente.
Una compatibilidad muy rara.
¿De qué?
Maribel empujó la botella contra el enorme estómago de
él.
De felicidad susurró.