Casi todo es cuento (1996)

El perro, el mejor amigo del hombre

Daniel Argote Pérez

Entrando en el dormitorio de mis amos, me di cuenta de que era un perro. Era un chucho sin correa, sin pedigrí, sin una cara bonita. Era un simple chucho y todos mis planes de futuro los tendría que tirar por la borda.
Había pensado estudiar Telecomunicaciones, y quizás llegar a ser el futuro del mundo entero desde un ordenador, pero no era más que un simple chucho. Ni siquiera me tenían en gran aprecio mis “amos”, a pesar de que yo intentaba ser lo más divertido posible. Les pondré un ejemplo: ellos cuelgan unos trapos mojados a gran altura, no sé por qué, y yo, para demostrar mi inteligencia y fuerza, salto desde el suelo y los cojo al vuelo. ¡Y no se crean que es fácil!, los trapitos están a mucha altura y me cuesta mucho esfuerzo llegar a ellos, pero mis “dueños” no han sido capaces de apreciar mi sublime valía, y como premio por mi triunfo sobre las leyes de la gravedad me han dado una paliza y me han puesto de patitas en la calle.
Y esta es otra cosa que yo no entiendo. Sus niños manchan las sábanas todas las noches, yo lo he visto, y ellos no hacen más que darles un besito y decirles que mañana intenten contenerse. Para empezar esos niños no les entienden, aún son pequeños y tienen una carita que promete que no rendirán jamás, pero nada, les dan un beso y un trozo de turrón, mientras que a mí me regalan una patada inhumana y me ponen de patitas en la calle. Cuando yo sea mayor, prometo tener en mi casa a un hombre y enseñarle mis costumbres a base de palos y días sin cenar, aunque creo que esta raza ni aun así aprendería.
Bueno, el caso es que ahora estoy en la calle, sin ningún sitio al que ir y sin nada que llevarme a los dientes. Supongo que habré de buscarme algún trabajo, pero intentando que éste se adapte a mis pretensiones de futuro. Me acercaré a una universidad que hay aquí al lado, no es de Telecomunicaciones, pero por algo hay que empezar. Me parece que es Veterinaria.
Mira, en este justo instante sale un hombre muy bien vestido. Intentaré hablar con él para que me admita en su casa y de ese modo podré estudiar, por las noches, utilizando sus libros de clase. Voy corriendo y me pego a él. Creo que tendré que utilizar mi mejores cualidades de perro amistoso, aunque me moleste, para atraer su confianza.
¡Ya está!, me esta mirando y sonríe. Tengo que mover la cola muy rápidamente, y saltar un poco alrededor suyo (qué humillación), pero todo tiene sus frutos. Me está haciendo chasquidos con sus dedos manchados de tiza. Eso debe significar que quiere que me vaya con él. Le haré caso, pero intentaré ser un poco remolón para que se dé cuenta de que tengo voluntad y raciocinio propio.
¡Se larga! No puede ser, se ha aburrido de mí. No puedo permitirlo, correré detrás hasta que llegue a su casa, y una vez allí, quiera o no quiera, me colaré dentro.
Y ahora se monta en un autobús, así no hay quién viva.
Tendré que montarme en él yo también. No tengo dinero, pero como no soy muy alto, es posible que el conductor no me vea. Ya estoy casi dentro, no me ha visto. Me sentaré en este último asiento, al lado de esta viejecilla miope, desde aquí podré vigilar al profesor sin que se dé cuenta. Esta señora me está diciendo algo sin mirarme, qué maleducada, pero bueno, ya que me he colado en el autobús sin pagar intentaré, al menos, ser simpático con ella. Me habla del tiempo, de la juventud mal educada y grosera, de las drogas que lo conquistan todo. Yo aún soy muy joven y me veo obligado a contradecirla en algunos puntos.
¿Qué le pasa ahora? Está chillando histérica. Ya sé por qué. Todavía no me manejo bien en el dialecto de estas gentes, y puede que la hallan molestado mis ladridos, aunque también puede ser que ella no entienda el lenguaje que yo uso. La verdad es que tiene pinta de vieja inculta, de las que jamás han aprendido a leer y a escribir, de todos modos no sé qué me habrá podido entender porque yo no he dicho nada ofensivo.
¿Y ahora qué pasa? Todos me están mirando, y el autobús se detiene aquí sin que esta sea una de sus paradas, qué raro. El profesor me mira sonriente, eso es bueno, quizás me halla reconocido, así que iré hacia él amigablemente. ¿Qué ocurre ahora? El conductor me ha cogido de la cola, y me levanta en vilo, me lleva hacia la puerta. A lo mejor se ha dado cuenta de que he entrado sin pagar, o puede que sea para no oír a la vieja loca esa, que grita sin parar con una voz de histérica que no puede con ella. Y el conductor me arrastra por todo el autobús nada más que por veinte duros que cuesta el viaje, qué tacaño.
Y ahora me tira por la puerta sin ninguna compasión. Desde luego, si en esta empresa existen las cartas de reclamación, nos volveremos a ver ante un jurado. Estos tratos por cien pesetas no son normales.
Tendré que seguir al profesor corriendo. Menos mal que la carretera está muy cargada y no podrá ir rápido.
Y al fin se baja, me voy corriendo hacia él, y me está acariciando, creo que he conseguido convencerlo de que le podría ser de gran ayuda, se habrá dado cuenta de que soy muy inteligente. Me ha dejado entrar en su casa, y menos mal que no hay nadie dentro de ella porque me sería bastante difícil explicarle a su familia cuales son mis pretensiones, y cuál es la razón de que haya seguido al profesor de ese modo. Menos mal que él es muy listo y se ha dado cuenta perfectamente. Será un buen maestro, igual que yo intentaré serlo con él cuando mis conocimientos superen a los suyos.
Me está lavando, esto es un poco vergonzoso y además la espuma escuece un montón, pero al menos lo hace de un modo más digno que en mi anterior domicilio, él y yo solos en el cuarto de baño. No como en la perrera en la que estaba antes, que cuando te duchaban simplemente cogían una manguera con una presión brutal, y con todos los compañeros juntos nos sometían a una ráfaga de agua que más que limpiarnos nos servía de tortura. Y siempre era por lo mismo. Cuando hacían esto era porque vendría alguien, esa tarde, a llevarse un perro a su casa. Y siempre cogían a uno de esos enanos peludos, de los que apenas saben hablar y de los que harán sus necesidades en la alfombra del salón.
Ahora que estoy tan limpio me dará una gran cena. Qué alegría, porque tengo un hambre atroz. Me está poniendo paja en una cajita pequeña, no es muy bonita pero no está mal para el primer día. De todos modos, tendremos que salir a comprar otra, porque esta me viene un poco pequeña, pero para el primer día no está nada mal. Quizás mañana, que la confianza será mayor, podremos hablar de ciertas cosas, los horarios de las comidas, el número de duchas semanales, de esas cosas que son tan necesarias para la convivencia. Pero eso habrá de ser mañana, ahora tengo mucho, muchísimo sueño.
Qué fastidio, cómo madruga este hombre. Y yo me voy con él. Me llevará a la universidad a empezar con mis clases, supongo, porque ya se habrá dado cuenta de mi mayúscula inteligencia. Ahora estamos entrando en un aula muy grande, y está llena de alumnos, pero no veo ningún asiento que se adapte a mi constitución entre ellos. ¡Lo vi!, qué feliz me hace que se haya dado cuenta de mi magistral inteligencia, porque me ha puesto una caja que se adapta muy bien a mi tamaño cerca del palco del maestro, cerca de su palco. Tendré que ir corriendo hasta ella para que note que me he dado cuenta. Esto es muy gracioso, los demás alumnos aplauden, quizás se hayan dado cuenta de mi primordial importancia en el porvenir de su maestro.
Éste, ahora, me ofrece un trozo grande de pan. Sé que no está bien comer en clase pero me lo ha ofrecido él y le voy a hacer caso. Además le he visto que metía algo dentro del mendrugo y sospecho que podrá ser un trozo de turrón, y a mí ese dulce me vuelve loco. Me da mucha pena el profesor, tiene que ser muy duro dar clase a mentes tan pequeñas como las que ahora nos rodean, porque en lugar de tener lógica envidia ante el favoritismo mostrado por mí sonríen mientras me lo como. Me da igual.
¡Dios mío!, ¿qué me ocurre? Me estoy quedando dormido en mi primer día de clase y eso es imperdonable, y el profesor se ha dado cuenta. Menos mal que es comprensivo, que sabe que por la emoción y esas cosas apenas he descansado esta noche, y me acaricia cariñosamente mientras les dice no sé qué a sus ineptos alumnos. Puesto que a él no le importa, intentaré dormir un poco, y es que lo necesito muchí...Entre tanto unas palabras mudas resonaban en los oídos adormecidos de nuestro amigo, el perro universitario:
—Bien, Andrés —invita el profesor—, comienza tú a hacer la autopsia de este animal; y hazla bien, porque es el mejor ejemplar de entre todos los que regalaban ayer en la perrera.


Este escrito quedará dedicado a aquellas gentes a las que se lo debo, gentes como María Gil De Montes, Pepa Chizrro Toscano o Marta Patricia Villareal, sin los cuales me habría sido imposible su creación. A Miguel Ángel y a Felipe, que me enseñaron a andar. Para Marta Argote y Juan Tellez, por nuestras partidas al Mus. Para Mariapi y para Salamanca, Loli, Carmen y Mercedes, junto a sus maravillosos padres Pavonianos, y para gente como Pablo, por su eterna fe en el ser humano. Para Noni y para Patricia, porque las quiero. Para Nuria, que al fin se casa, y en definitiva para todos aquellos que me ayudaron a vivir cuando necesité su apoyo. Porque a todos los quiero con todo mi corazón.

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