Casi todo es cuento (1996)

My Serenade

Inés Arias de Reyna

A mí, aun siendo egoísta

“¡Ojos que a la luz se abrieron / un día para, después,
ciegos tornar a la tierra, / hartos de mirar sin ver!”
Antonio Machado

Sentada frente a mi escritorio miro hacia la ventana, el cielo brilla por el reflejo del sol, escondido tras las montañas de la lejanía. Mis tres jacintos, regalo de mi abuela, acaban de florecer, su aroma se expande por toda la habitación, perdiéndose por la ventana, por primera vez abierta después de todo el invierno.
Acerco el aroma a mi rostro, el suave tacto de las flores, el dulzón olor a vida recién nacida, el tierno color rosa de los capullos y el decidido fucsia de la línea que cruza cada pétalo en su longitud, me transportan a ese mundo de imaginación viva, en el que ni soy mujer, ni hombre, en el que no soy sino estoy, en el que vivo apartada del dolor y rodeada de paz, ese mundo en el que me siento feliz.
Me levanto despacio de la silla, deseando que cada movimiento signifique un instante más de vida, me arrodillo en la cama y apoyo los brazos en el dintel de la ventana. Huele a primavera, respiro hondo haciendo mío de nuevo ese olor, que al penetrar en mi interior, cada uno de mis órganos, excepto el cerebro, se pone en marcha acelerando mi grito. Y clamo al cielo, a las montañas, al sol, a las nubes: “Bienvenida seas, primavera”.
Como las flores, vuelve a mis labios la sonrisa, perdida durante tres meses, renazco como cada primavera, de nuevo yo.
Estoy sola, encerrada en este mi mundo, recogido en cuatro paredes, una cubierta de corcho, otra blanca, colgado en ella un enorme abanico tailandés, traído por mi hermano para mis padres pero confiscado por mí. En él se representan todos los colores de mi vida, grises de miedo y soledad, rojos y amarillos de fuerza y pasión y blancos de sencilla felicidad, y dos garzas con las alas desplegadas, una despegando a la libertad del viento y del sueño y otra aterrizando a la dura piedra de la realidad. Ambas reflejo de la ambigüedad en la que cada día me acuesto, siendo lo último que veo y lo primero al despertar. Tan sólo me acompañan en silencio mis recuerdos, mis libros, que en mis años de pasión literaria voy reuniendo como tesoros náufragos, cada uno en su isla particular, uno al lado de otro, pegándose, rozándose pero en taciturna ignorancia. Todos expectantes para ser devorados por el ansia de la lectura, de mil colores e historias dibujados. Y yo cada nueva alma la reúno con las demás una vez hecha mía para que la recojan los despojos de mi recuerdo y al pernoctar la vuelva a sentir divisando su fantasía y la mía.
Y mientras escribo escucho sin cansarme, repitiendo tantas veces quieran mis oídos, el murmullo de su silencio, el inagotable respirar de mis pulmones y de fondo recorriéndome a vertiginosa celeridad The Platters, que me llevan a un tiempo ya recorrido, acabado, pero mi imaginación es esa música lo que la despierta, lo que enciende su acalorada carrera por convertirse en otro ser, en otro tiempo y en otro lugar. Haciendo que despegue la primera garza, recorriendo miles de mundos escondidos, o a leguas divisados.
Impidiendo que lo que mis ojos ven, una cama, una mesa, un armario, una puerta cerrada, sean tan sólo eso, se convierten pues en madera, reflejo del calor de mis ojos al imaginar un hogar pobre o un inmenso palacio, una cueva o un campo abierto y entonces el espacio vacío lo llenan cuerpos transparentes, amigos inseparables, perfectos romances, asesinos y víctimas a quien salvar con la fuerza de la palabra. Todos siguiendo mi ritmo, dando marcha atrás cuando una frase o un movimiento no me convencen y sintiendo cada carcajada o cada lágrima reales, pudiéndose escuchar mis palabras, en susurros o en gritos.
Y mientras la soledad perdura la garza sigue volando hasta que se despierta y recuerda que afuera hay otro mundo y otra vida que continuar, seres que no repiten, que hablan por sí solos y que gracias a ellos mi imaginación esta más despierta, más viva, cada día.
En ese momento regreso a la piedra. Abro la puerta y camino por el pasillo, a la derecha las habitaciones de mis padres y de mi hermano, el cuarto de baño y el salón, donde mi familia vive.
El silencio desaparece reemplazado por quejas, súplicas, enfados, se pierde mi paz. Pero entonces recuerdo a Benjamín, un silencioso muñeco de porcelana, un payaso “listo”, blanco y negro, las extremidades de trapo y el gorro de tela que siempre que tengo en mis manos me sonríe, lo aprieto y soy yo quien sonríe, lo veo sentado en mi mesa esperándome.
Deshago lo caminado para volver a mi habitación, cierro la puerta, descorro las cortinas, introduzco a The Platters en el aparato y su música me invade. Cojo a Benjamín y bailo. Él en mi mano izquierda cerca de la mejilla para calentarle la carita. Van apareciendo poco a poco mis amigos, hablo con ellos, los siento más cerca de mí de lo que cualquier persona real pudiera estar, y sé por qué, porque soy yo.
Todos son míos, de nadie, míos. Soy yo de cientos de maneras diferentes. Yo pudiendo ser de todas las formas que no soy.
Dejo a Benjamín sobre la mesa, pierde su sonrisa. Me siento viva, extiendo los brazos y al ritmo de Only you danzo con los ojos cerrados. La suavidad de la voz masculina se introduce en mí y cuando más la estoy saboreando acaba la canción.
Pero la sigue otra acompañada de un rayo de sol.
Y después de esta habrá otra y otros sueños que no pasarán y que, como la música, permanecerán suspendidos en el tiempo, y que en cada primavera volverán a aparecer, para que yo pueda ser siempre joven y estar llena de felicidad.

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