A
mí, aun siendo egoísta
¡Ojos
que a la luz se abrieron / un día para, después,
ciegos tornar a la tierra, / hartos de mirar sin ver!
Antonio Machado
Sentada frente
a mi escritorio miro hacia la ventana, el cielo brilla por el reflejo
del sol, escondido tras las montañas de la lejanía. Mis
tres jacintos, regalo de mi abuela, acaban de florecer, su aroma se
expande por toda la habitación, perdiéndose por la ventana,
por primera vez abierta después de todo el invierno.
Acerco el aroma a mi rostro, el suave tacto de las flores, el dulzón
olor a vida recién nacida, el tierno color rosa de los capullos
y el decidido fucsia de la línea que cruza cada pétalo
en su longitud, me transportan a ese mundo de imaginación viva,
en el que ni soy mujer, ni hombre, en el que no soy sino estoy, en el
que vivo apartada del dolor y rodeada de paz, ese mundo en el que me
siento feliz.
Me levanto despacio de la silla, deseando que cada movimiento signifique
un instante más de vida, me arrodillo en la cama y apoyo los
brazos en el dintel de la ventana. Huele a primavera, respiro hondo
haciendo mío de nuevo ese olor, que al penetrar en mi interior,
cada uno de mis órganos, excepto el cerebro, se pone en marcha
acelerando mi grito. Y clamo al cielo, a las montañas, al sol,
a las nubes: Bienvenida seas, primavera.
Como las flores, vuelve a mis labios la sonrisa, perdida durante tres
meses, renazco como cada primavera, de nuevo yo.
Estoy sola, encerrada en este mi mundo, recogido en cuatro paredes,
una cubierta de corcho, otra blanca, colgado en ella un enorme abanico
tailandés, traído por mi hermano para mis padres pero
confiscado por mí. En él se representan todos los colores
de mi vida, grises de miedo y soledad, rojos y amarillos de fuerza y
pasión y blancos de sencilla felicidad, y dos garzas con las
alas desplegadas, una despegando a la libertad del viento y del sueño
y otra aterrizando a la dura piedra de la realidad. Ambas reflejo de
la ambigüedad en la que cada día me acuesto, siendo lo último
que veo y lo primero al despertar. Tan sólo me acompañan
en silencio mis recuerdos, mis libros, que en mis años de pasión
literaria voy reuniendo como tesoros náufragos, cada uno en su
isla particular, uno al lado de otro, pegándose, rozándose
pero en taciturna ignorancia. Todos expectantes para ser devorados por
el ansia de la lectura, de mil colores e historias dibujados. Y yo cada
nueva alma la reúno con las demás una vez hecha mía
para que la recojan los despojos de mi recuerdo y al pernoctar la vuelva
a sentir divisando su fantasía y la mía.
Y mientras escribo escucho sin cansarme, repitiendo tantas veces quieran
mis oídos, el murmullo de su silencio, el inagotable respirar
de mis pulmones y de fondo recorriéndome a vertiginosa celeridad
The Platters, que me llevan a un tiempo ya recorrido, acabado, pero
mi imaginación es esa música lo que la despierta, lo que
enciende su acalorada carrera por convertirse en otro ser, en otro tiempo
y en otro lugar. Haciendo que despegue la primera garza, recorriendo
miles de mundos escondidos, o a leguas divisados.
Impidiendo que lo que mis ojos ven, una cama, una mesa, un armario,
una puerta cerrada, sean tan sólo eso, se convierten pues en
madera, reflejo del calor de mis ojos al imaginar un hogar pobre o un
inmenso palacio, una cueva o un campo abierto y entonces el espacio
vacío lo llenan cuerpos transparentes, amigos inseparables, perfectos
romances, asesinos y víctimas a quien salvar con la fuerza de
la palabra. Todos siguiendo mi ritmo, dando marcha atrás cuando
una frase o un movimiento no me convencen y sintiendo cada carcajada
o cada lágrima reales, pudiéndose escuchar mis palabras,
en susurros o en gritos.
Y mientras la soledad perdura la garza sigue volando hasta que se despierta
y recuerda que afuera hay otro mundo y otra vida que continuar, seres
que no repiten, que hablan por sí solos y que gracias a ellos
mi imaginación esta más despierta, más viva, cada
día.
En ese momento regreso a la piedra. Abro la puerta y camino por el pasillo,
a la derecha las habitaciones de mis padres y de mi hermano, el cuarto
de baño y el salón, donde mi familia vive.
El silencio desaparece reemplazado por quejas, súplicas, enfados,
se pierde mi paz. Pero entonces recuerdo a Benjamín, un silencioso
muñeco de porcelana, un payaso listo, blanco y negro,
las extremidades de trapo y el gorro de tela que siempre que tengo en
mis manos me sonríe, lo aprieto y soy yo quien sonríe,
lo veo sentado en mi mesa esperándome.
Deshago lo caminado para volver a mi habitación, cierro la puerta,
descorro las cortinas, introduzco a The Platters en el aparato y su
música me invade. Cojo a Benjamín y bailo. Él en
mi mano izquierda cerca de la mejilla para calentarle la carita. Van
apareciendo poco a poco mis amigos, hablo con ellos, los siento más
cerca de mí de lo que cualquier persona real pudiera estar, y
sé por qué, porque soy yo.
Todos son míos, de nadie, míos. Soy yo de cientos de maneras
diferentes. Yo pudiendo ser de todas las formas que no soy.
Dejo a Benjamín sobre la mesa, pierde su sonrisa. Me siento viva,
extiendo los brazos y al ritmo de Only you danzo con los ojos
cerrados. La suavidad de la voz masculina se introduce en mí
y cuando más la estoy saboreando acaba la canción.
Pero la sigue otra acompañada de un rayo de sol.
Y después de esta habrá otra y otros sueños que
no pasarán y que, como la música, permanecerán
suspendidos en el tiempo, y que en cada primavera volverán a
aparecer, para que yo pueda ser siempre joven y estar llena de felicidad.