Casi todo es cuento (1996)

La dama del sillón

Paloma Barrientos L.

Marta introduce la llave en la cerradura y abre la puerta de la jaula. El tubo florescente ilumina la cocina. Uno de los quemadores calienta un cazo a fuego lento, pero allí no hay nadie. Los barrotes negros del gotelé del pasillo la conducen a una luz más tenue que proviene del salón. Y allí, arrinconada entre el mueble y el sofá, Rosario permanece expectante sentada en el sillón.
Alertada por el ruido de la puerta, aguarda el láconico “hola” diario que su hija le dirige al llegar de la oficina. Hoy tampoco cambia nada. Movida no se sabe ya por qué resorte, se levanta para apagar el fuego y vuelca la cena en un plato. A un lado tenedor y cuchillo, en el otro una servilleta y delante el vaso.
—Ya está todo listo —dice para sí mientras recoge la bandeja con ambas manos y se encamina de nuevo al salón. Marta por su parte se despoja del abrigo, a continuación de la bufanda y por último de los botines.
—Malditos cordones, no hay quien los desate.
—¿Qué dices? —pregunta su madre deteniéndose en mitad del pasillo.
—Nada —refunfuña.
—Bueno, espabila entonces, que se enfría la cena.
En realidad poco importa si la cena se queda fría o no. No obstante, se enfunda deprisa en su larga bata de pirineos y corre al sofá tratando de evitar cualquier enfrentamiento.
—¿Qué estabas viendo?
—Nada —responde Rosario—. Como no me has mirado el teletexto antes de irte, no sabía qué programa merecía la pena ver.
—Ya estamos como siempre. ¿No te parece que ya eres mayorcita para saber elegir?
—Sí, claro —contesta—. Ojalá hubiese escogido no traeros a este mundo ni a tu hermano ni a ti. ¿Pero quién me mandaría a mi casarme?
—Sepárate entonces, y deja ya de darme tanto el coñazo.
—Sí, hija sí, clava el puñal hasta el fondo de la herida, no te prives. Total, ya todo me da igual.
—Basta ya, mejor lo dejamos aquí, ¿te parece?
Rosario no responde. La bandeja pasa de una piel a otra sin el menor roce y los restos de comida van a parar a la basura. Abre uno de los armarios y saca la tetera. Una vez llena, sitúa el recipiente en el fuego, espera unos minutos y echa un puñado de valeriana en su interior.
La madre de Marta deja el tranquilizante y la miel en la mesa justo a tiempo de escucharse el portazo. Marta retira las piernas del sofá y endereza la espalda. Rosario por su parte, cruza la bata en la cintura y tira de ella hasta los tobillos. El tiempo de asueto ha terminado.
El ruido de unas pisadas retumba en todas partes y el Halcón hace su entrada en la estancia. Posa su cuerpo en la silla de entrada al salón, pliega unas alas enormes y observando a sus víctimas saluda.
—Buenas —dice encendiendo un cigarro.
—Hola —responde su hija apenas audible.
Madre e hija miran de reojo consumirse las cenizas, mientras simulan ver la pantalla. Al fin se levanta y a grandes zancadas entra en la cocina. Desde el comedor puede oírse verter el vino en un vaso y tragar las medicinas. Otra vez entre el comedor y su cuarto se para, y recordando el día que es, sentencia
—Mañana voy por el cheque, buenas noches.
—Para lo que vamos a cobrar —habla Rosario a su hija.
—Bueno, bueno, vámonos a dormir que ya es muy tarde.
Al cabo de una hora unos ronquidos indican que ya está dormido y las dos se marchan a descansar. El día siguiente será duro. Marta despierta con el murmullo de las cervezas al chocar contra el estante de la nevera. Apenas si ha amanecido, pero al Halcón no parece importarle demasiado y continua su labor como si únicamente él viviera en la casa. Su madre no tardará en aparecer en el umbral con el desayuno y la dolencia imaginaria que ha inventando para hoy. Unas zapatillas floreadas, seguidas de una interminable bata azul entran en la habitación.
“Es curioso”, piensa Marta, “pero nunca logro ver las piernas de mi madre, ocultas siempre bajo la tela. Será que ya no tiene o quizá la falta de uso ha entumecido definitivamente los músculos.” Sus consideraciones filosóficas le impiden atender a Rosario.
—¿Cómo dices? Ah, sí, la compra. Que no tienes dinero para ir al mercado. Todavía son las once y puedes ir al banco, ¿no?
—Desde luego, hija, qué bien vives —dice Rosario saliendo del cuarto.
A pesar de todo, Rosario decide ir a comprar y regresa hecha un mar de lágrimas. Entre sollozo y sol1ozo, 1a madre cuenta que a duras penas alcanza para comer tres días más.
—Lo que no entiendo es por qué has ido entonces —dice Marta.
Realmente cada vez soporta menos todo ese teatro que su madre se monta para llamar la atención. Las pantomimas le ponen enferma. Justo en ese instante aparece Él con dinero fresco bajo el pico. El ave de rapiña deja unos cuantos billetes sobre la mesa y guarda el resto del fajo en la cartera. Esta vez, las palabras son más hirientes de lo habitual. La guerra dura demasiado y los contendientes están decididos a terminarla. Sin embargo, 1a sangre no llega al río.
—¿Esto es todo lo que traes? —pregunta Rosario—, pues sí que hay mucho, eh.
—A mí no me digas nada, porque doy lo que puedo.
—¿Lo que puedes? —replica Rosario—. ¿Tú crees que con una nómina de doscientas mil pesetas es lógico que gastes tú solo más de la mitad y yo tenga que arreglarme con menos de cincuenta?
—Pues si no es bastante te puedes ir a limpiar unas cuantas casas.
—A trabajar me voy a ir a estas alturas, con sesenta años que tengo, mientras tú gastas todo el dinero con la puta.
—No empecemos a insultar —dice el Halcón—, que no quiero excitarme.
—Lo que sí te digo es que tienes que darme un tanto para comer o de lo contrario iré a un abogado a informarme de lo que me corresponde.
—Por mí puedes enterarte de lo que quieras, tú ya has perdido todos los derechos al no acostarte conmigo.
—Y eso qué, muchos matrimonios —argumenta Rosario— duermen por separado y el marido no abandona sus obligaciones familiares.
—Llevo treinta años manteniéndote; a partir de ahora —amenaza— voy a borrarte de la cuenta bancaria.
—Qué más quieres quitarme ya.
—Todo lo que pueda —remata con crueldad.
El gobierno del terror condena a Rosario a un estado de sitio permanente, donde no hay lugar para la apelación. El juez golpea su mazo y dando por terminado el juicio dice:
—No me sirvas la comida, que almuerzo fuera.
El turno de Marta comienza hoy a las cuatro y se hace tarde. Su madre viene sollozando con los dos platos.
—Llorar no soluciona nada —dice su hija.
—Si al menos saliera de tu boca una palabra amable —reprocha Rosario. Marta aún no se ha vestido y tiene el tiempo justo de salir corriendo. Apenas se asoma al salón para despedirse.
—Hasta 1a noche —dice tímidamente.
De camino al metro las imágenes se suceden a cámara lenta. Los hombros caídos, las facciones contraídas por el dolor y los surcos de llanto sobre su cara, la persiguen a cada paso. ¿Dónde estaba cuando ocurría todo esto, cómo ha conseguido mantenerse al margen de la discusión? La próxima estación es la suya y ya no queda tiempo para más preguntas. La jornada laboral logra distraer su mente. A las diez sale para su casa.
De nuevo introduce la llave en la cerradura de la jaula y cierra el pestillo. Esta vez su madre sí está en la cocina removiendo la sopa con una cuchara.
—Hola, mamá; he pensado que sería bueno acudir a un abogado de oficio. Podéis separaros, partir el piso en dos, venderlo y con lo que...
—¿Venderlo?, tú estás loca.
—Bueno, anda, vamos a cenar, que no quiero enfadarme. —Marta detiene el cuchillo en el aire pensativa. De repente se da cuenta de que su madre está viviendo de prestado.
—¿No acabas la manzana?
—¿Qué? Ah, sí, ya he terminado. Me voy acostar. Hasta mañana —se despide.
En la entrada del salón se vuelve y ve a su madre con la cabeza entre las manos. La dama del sillón repasa su vida. Una infancia con tata incluida, una juventud ensombrecida por un desengaño y una boda por la iglesia con alfombra larga y cola de tres metros. No faltó el arroz, ni el convite, ni el consabido viaje de novios a Palma de Mallorca. Si acaso, sobraba inmadurez. Ahora, en el ocaso de su existencia ¿qué le queda? ¿Esperar tal vez? Pero esperar qué, ¿el divorcio, la visita de sus hijos, la soledad?
—Vaya —dice Marta—, se ha quedado dormida en la butaca.

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