Marta introduce
la llave en la cerradura y abre la puerta de la jaula. El tubo florescente
ilumina la cocina. Uno de los quemadores calienta un cazo a fuego lento,
pero allí no hay nadie. Los barrotes negros del gotelé
del pasillo la conducen a una luz más tenue que proviene del
salón. Y allí, arrinconada entre el mueble y el sofá,
Rosario permanece expectante sentada en el sillón.
Alertada por el ruido de la puerta, aguarda el láconico hola
diario que su hija le dirige al llegar de la oficina. Hoy tampoco cambia
nada. Movida no se sabe ya por qué resorte, se levanta para apagar
el fuego y vuelca la cena en un plato. A un lado tenedor y cuchillo,
en el otro una servilleta y delante el vaso.
Ya está todo listo dice para sí mientras recoge
la bandeja con ambas manos y se encamina de nuevo al salón. Marta
por su parte se despoja del abrigo, a continuación de la bufanda
y por último de los botines.
Malditos cordones, no hay quien los desate.
¿Qué dices? pregunta su madre deteniéndose
en mitad del pasillo.
Nada refunfuña.
Bueno, espabila entonces, que se enfría la cena.
En realidad poco importa si la cena se queda fría o no. No obstante,
se enfunda deprisa en su larga bata de pirineos y corre al sofá
tratando de evitar cualquier enfrentamiento.
¿Qué estabas viendo?
Nada responde Rosario. Como no me has mirado el teletexto
antes de irte, no sabía qué programa merecía la
pena ver.
Ya estamos como siempre. ¿No te parece que ya eres mayorcita
para saber elegir?
Sí, claro contesta. Ojalá hubiese escogido
no traeros a este mundo ni a tu hermano ni a ti. ¿Pero quién
me mandaría a mi casarme?
Sepárate entonces, y deja ya de darme tanto el coñazo.
Sí, hija sí, clava el puñal hasta el fondo
de la herida, no te prives. Total, ya todo me da igual.
Basta ya, mejor lo dejamos aquí, ¿te parece?
Rosario no responde. La bandeja pasa de una piel a otra sin el menor
roce y los restos de comida van a parar a la basura. Abre uno de los
armarios y saca la tetera. Una vez llena, sitúa el recipiente
en el fuego, espera unos minutos y echa un puñado de valeriana
en su interior.
La madre de Marta deja el tranquilizante y la miel en la mesa justo
a tiempo de escucharse el portazo. Marta retira las piernas del sofá
y endereza la espalda. Rosario por su parte, cruza la bata en la cintura
y tira de ella hasta los tobillos. El tiempo de asueto ha terminado.
El ruido de unas pisadas retumba en todas partes y el Halcón
hace su entrada en la estancia. Posa su cuerpo en la silla de entrada
al salón, pliega unas alas enormes y observando a sus víctimas
saluda.
Buenas dice encendiendo un cigarro.
Hola responde su hija apenas audible.
Madre e hija miran de reojo consumirse las cenizas, mientras simulan
ver la pantalla. Al fin se levanta y a grandes zancadas entra en la
cocina. Desde el comedor puede oírse verter el vino en un vaso
y tragar las medicinas. Otra vez entre el comedor y su cuarto se para,
y recordando el día que es, sentencia
Mañana voy por el cheque, buenas noches.
Para lo que vamos a cobrar habla Rosario a su hija.
Bueno, bueno, vámonos a dormir que ya es muy tarde.
Al cabo de una hora unos ronquidos indican que ya está dormido
y las dos se marchan a descansar. El día siguiente será
duro. Marta despierta con el murmullo de las cervezas al chocar contra
el estante de la nevera. Apenas si ha amanecido, pero al Halcón
no parece importarle demasiado y continua su labor como si únicamente
él viviera en la casa. Su madre no tardará en aparecer
en el umbral con el desayuno y la dolencia imaginaria que ha inventando
para hoy. Unas zapatillas floreadas, seguidas de una interminable bata
azul entran en la habitación.
Es curioso, piensa Marta, pero nunca logro ver las
piernas de mi madre, ocultas siempre bajo la tela. Será que ya
no tiene o quizá la falta de uso ha entumecido definitivamente
los músculos. Sus consideraciones filosóficas le
impiden atender a Rosario.
¿Cómo dices? Ah, sí, la compra. Que no tienes
dinero para ir al mercado. Todavía son las once y puedes ir al
banco, ¿no?
Desde luego, hija, qué bien vives dice Rosario saliendo
del cuarto.
A pesar de todo, Rosario decide ir a comprar y regresa hecha un mar
de lágrimas. Entre sollozo y sol1ozo, 1a madre cuenta que a duras
penas alcanza para comer tres días más.
Lo que no entiendo es por qué has ido entonces dice
Marta.
Realmente cada vez soporta menos todo ese teatro que su madre se monta
para llamar la atención. Las pantomimas le ponen enferma. Justo
en ese instante aparece Él con dinero fresco bajo el pico. El
ave de rapiña deja unos cuantos billetes sobre la mesa y guarda
el resto del fajo en la cartera. Esta vez, las palabras son más
hirientes de lo habitual. La guerra dura demasiado y los contendientes
están decididos a terminarla. Sin embargo, 1a sangre no llega
al río.
¿Esto es todo lo que traes? pregunta Rosario,
pues sí que hay mucho, eh.
A mí no me digas nada, porque doy lo que puedo.
¿Lo que puedes? replica Rosario. ¿Tú
crees que con una nómina de doscientas mil pesetas es lógico
que gastes tú solo más de la mitad y yo tenga que arreglarme
con menos de cincuenta?
Pues si no es bastante te puedes ir a limpiar unas cuantas casas.
A trabajar me voy a ir a estas alturas, con sesenta años
que tengo, mientras tú gastas todo el dinero con la puta.
No empecemos a insultar dice el Halcón, que
no quiero excitarme.
Lo que sí te digo es que tienes que darme un tanto para
comer o de lo contrario iré a un abogado a informarme de lo que
me corresponde.
Por mí puedes enterarte de lo que quieras, tú ya
has perdido todos los derechos al no acostarte conmigo.
Y eso qué, muchos matrimonios argumenta Rosario
duermen por separado y el marido no abandona sus obligaciones familiares.
Llevo treinta años manteniéndote; a partir de ahora
amenaza voy a borrarte de la cuenta bancaria.
Qué más quieres quitarme ya.
Todo lo que pueda remata con crueldad.
El gobierno del terror condena a Rosario a un estado de sitio permanente,
donde no hay lugar para la apelación. El juez golpea su mazo
y dando por terminado el juicio dice:
No me sirvas la comida, que almuerzo fuera.
El turno de Marta comienza hoy a las cuatro y se hace tarde. Su madre
viene sollozando con los dos platos.
Llorar no soluciona nada dice su hija.
Si al menos saliera de tu boca una palabra amable reprocha
Rosario. Marta aún no se ha vestido y tiene el tiempo justo de
salir corriendo. Apenas se asoma al salón para despedirse.
Hasta 1a noche dice tímidamente.
De camino al metro las imágenes se suceden a cámara lenta.
Los hombros caídos, las facciones contraídas por el dolor
y los surcos de llanto sobre su cara, la persiguen a cada paso. ¿Dónde
estaba cuando ocurría todo esto, cómo ha conseguido mantenerse
al margen de la discusión? La próxima estación
es la suya y ya no queda tiempo para más preguntas. La jornada
laboral logra distraer su mente. A las diez sale para su casa.
De nuevo introduce la llave en la cerradura de la jaula y cierra el
pestillo. Esta vez su madre sí está en la cocina removiendo
la sopa con una cuchara.
Hola, mamá; he pensado que sería bueno acudir a
un abogado de oficio. Podéis separaros, partir el piso en dos,
venderlo y con lo que...
¿Venderlo?, tú estás loca.
Bueno, anda, vamos a cenar, que no quiero enfadarme. Marta
detiene el cuchillo en el aire pensativa. De repente se da cuenta de
que su madre está viviendo de prestado.
¿No acabas la manzana?
¿Qué? Ah, sí, ya he terminado. Me voy acostar.
Hasta mañana se despide.
En la entrada del salón se vuelve y ve a su madre con la cabeza
entre las manos. La dama del sillón repasa su vida. Una infancia
con tata incluida, una juventud ensombrecida por un desengaño
y una boda por la iglesia con alfombra larga y cola de tres metros.
No faltó el arroz, ni el convite, ni el consabido viaje de novios
a Palma de Mallorca. Si acaso, sobraba inmadurez. Ahora, en el ocaso
de su existencia ¿qué le queda? ¿Esperar tal vez?
Pero esperar qué, ¿el divorcio, la visita de sus hijos,
la soledad?
Vaya dice Marta, se ha quedado dormida en la butaca.